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«Volví a Mallorca y Mallorca no estaba», por Jordi Skynet

Bajé del avión cerca de las diez de la noche. Venía de Madrid, de uno de esos encuentros donde uno habla de ciencia con gente que sabe de ciencia, y eso siempre reconforta, esa sensación de que el mundo tiene sentido si te quedas dentro del laboratorio. Salí a la terminal y me paré. Miré alrededor como quien busca una cara conocida en un entierro y no encuentra ninguna. No reconocí el aeropuerto. No reconocí a la gente. No reconocí ni el aire.
Aquello no era Mallorca. Aquello era Miami, y el ruido de fondo de una sala de fiestas que no cierra nunca. Más gente a las diez de la noche que en la Plaza Gomila un viernes por la noche en plenos años 80, o que en es Carreró de Porto Cristo. Idiomas superpuestos, maletas de colores imposibles, ese zumbido colectivo de personas que llegan a algún sitio sin llegar a ninguna parte. Yo fui el único que llegó sin reconocer el destino.
Hubo un tiempo en que volver a Mallorca era un refugio. No una frase, un hecho físico: el descenso del avión, la luz diferente, el aire de otra densidad, y algo dentro de ti que se colocaba en su sitio como una vértebra que ha estado mal puesta todo el viaje. Venía con ganas. Eso es lo que ya no puedo recuperar: las ganas de volver.
Me quedé pensando en el Seat -no sé si era el 600 o el 127, los años lo mezclan todo menos lo que importa- de mis abuelos. Las carreteras largas antes de que las carreteras largas existieran como concepto de modernidad. El sol de Mallorca perpendicular, sin concesiones. Y las camisas del abuelo colgadas en una percha, enganchadas al marco de la ventanilla trasera, balanceándose despacio en cada curva de la carretera a Sa Pobla. No sé por qué ese detalle permanece cuando todo lo demás se difumina. Las camisas se balanceaban y yo las miraba desde el asiento y aquello era el orden del mundo: el abuelo conduce, las camisas se balancean, vamos a los campos de patatas, el verano no termina nunca.
Los campos de Sa Pobla. Las cabañas que construíamos en los solares sin edificar de Alcudia -solares que ya no existen-, edificios donde había tierra, apartamentos donde había pandillas de chiquillos que no necesitaban nada más que un solar y una tarde. No todo era idílico: era también una isla pobre de la que mucha gente se quería ir, y se fue. Pero esa Mallorca, la mía, no está en peligro de extinción. Ya está extinta. Yo soy uno de los últimos individuos de una especie que sigue caminando sin saber que ya no existe.
Alguien dirá que el problema es la lengua. Que si recuperamos el mallorquín, recuperamos Mallorca. Sacan vídeos de La Balanguera, la canción del reencuentro cantada por gente que ya no tiene con quién reencontrarse. No digo que sea mentira. Digo que no es suficiente. Digo que cuando el último individuo de una especie deja de encontrar a otro igual, la especie no desaparece con estrépito. Desaparece en silencio, mientras alguien canta. La Balanguera es hermosa. La Balanguera llega tarde.
No es un problema de lengua. Es un problema de densidad. De velocidad. De la diferencia entre un lugar que te conoce y un lugar donde tú eres uno más. Mallorca nos cambió por otra cosa y la operación ya está hecha. No hay impugnación posible, no hay recurso, no hay marcha atrás disfrazada de política cultural. Solo hay supervivientes, pequeños grupos dispersos, con los recuerdos intactos y el territorio tomado.
Hay una película en la que un viejo tiene una casa pequeña rodeada de rascacielos. Todo ha crecido a su alrededor y él sigue ahí, quieto, con la casa donde siempre estuvo la casa. Al final ata globos al tejado y vuela. No es una huida. Es un gesto de alguien que ha entendido que quedarse ya no es posible y que marcharse puede hacerse con dignidad, incluso con cierta belleza.
Yo no tengo globos. Pero entiendo el gesto.
Volví a Mallorca y Mallorca no estaba. Y lo extraño -lo verdaderamente extraño- es que la llevo entera dentro: las camisas, el solar de Alcudia, el sol de Sa Pobla, la percha balanceándose en cada curva. Intacta. Irrecuperable.
Solo quedan los globos. Y nadie para soltarlos.

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