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«Livingstone, supongo», por Jordi Skynet

Estaba yo leyendo las noticias de la semana y me encontré con lo de Es Caló des Moro… Alrededor de 300 mallorquines ocuparon la pequeña cala en el municipio de Santanyí, para reivindicar el disfrute del territorio por parte de los residentes. Esto me hizo reflexionar sobre lo emocionante que debió ser el momento en que un habitante de la isla descubrió por primera vez ese paradisiaco lugar. Imaginar la sensación de asombro y maravilla al encontrarse con esa cala de aguas cristalinas y arena blanca, un rincón aún virgen y desconocido.
Yo, que soy una persona a la que le gusta el descubrimiento y la aventura, de repente me imaginé en las expediciones de David Livingstone. Livingstone, un explorador y misionero escocés del siglo XIX, se aventuró en el corazón de África cuando gran parte del continente era desconocido para los europeos. Sus viajes lo llevaron a descubrir las Cataratas Victoria y a trazar rutas a través de territorios inexplorados. Cada paso que daba era un nuevo descubrimiento, una nueva página en la historia del conocimiento humano. O pensemos en las investigaciones de Charles Darwin, quien a bordo del HMS Beagle recorrió el mundo recogiendo muestras y observaciones que más tarde darían lugar a su teoría de la evolución por selección natural. Las Islas Galápagos, con su biodiversidad única, ofrecieron a Darwin una visión de la naturaleza que revolucionaría la biología. Imaginar ser el primero en observar especies nunca antes vistas, en formular teorías que cambiarían la comprensión del mundo, es algo que parece pertenecer a un pasado lejano. Incluso Cristóbal Colón, con sus travesías hacia lo desconocido, personifica el espíritu de aventura y descubrimiento. Colón navegó hacia lo que pensaba era Asia, pero encontró un nuevo continente. La emoción de ser un pionero, de enfrentar lo desconocido y de encontrar nuevos horizontes es algo que marcó la era de los grandes descubrimientos. Y aquí nos encontramos hoy, con una añoranza por aquellos tiempos en los que quedaban mapas por dibujar y tierras por nombrar. Esta nostalgia no solo evoca un sentimiento melancólico, sino que también refleja un cambio fundamental en la forma en que vivimos y entendemos el mundo. En los tiempos modernos, parece que cada centímetro del planeta ha sido cartografiado, cada destino ha sido visitado y revisado. Mirando esta noticia: “la montaña más alta del mundo vivió un verdadero atasco, con 200 personas queriendo hacer cima”. Que la montaña más alta del mundo no es ya la más solitaria hace años que se sabe y se debate alrededor de la problemática que supone su masificación. Sin embargo, se llegó a una situación totalmente kafkiana cuando se produjo un verdadero atasco de alpinistas que querían alcanzar la cima del Everest. ¡Ahora hay que sacar un boleto para subir, como si fuera un parque de atracciones! ¡Jajaja! La insólita cola de montañistas quedó registrada en una imagen captada por la expedición de Nirmal Purja’s Project en la que se aprecia una larga fila de personas esperando su turno para coronar los 8.848 metros de la cumbre más alta del planeta.
Es cierto que todavía existen fronteras que cruzar en campos como la exploración espacial, donde el vasto universo sigue invitando a los valientes a aventurarse más allá de nuestra atmósfera. Sin embargo, el tema de este artículo no es esa frontera infinita, sino nuestro mundo cada vez más pequeño. En la Tierra, los lugares que una vez fueron remotos y misteriosos ahora son paradas comunes en itinerarios turísticos y están tan solo a un clic de distancia en nuestras pantallas. Mientras miramos hacia las estrellas buscando la próxima gran aventura, no debemos olvidar cómo la esencia de la exploración en nuestro propio planeta ha cambiado. Parece que ha desaparecido el misterio, el ser pionero… El romanticismo de las aventuras épicas se ha desvanecido en largas filas y masificaciones. Me hace gracia un típico tópico en Mallorca que dice “queremos viajar y no conocemos nuestra propia isla”. Pues no estarán hablando del Caló des Moro, ¡jajaja! Pero ves dónde quiero llegar… Darwin en su isla, Livingstone en África…, eso era emocionante, ser el primero en algo. ¿Dónde ha quedado todo eso? Qué envidia me dan esos pioneros. Ahora todo es enlatado…, hasta la aventura.

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