Entrevistas

Testimonio de una exiliada: Maria Llull, testimonio viviente de la retirada de las tropas de Bayo de las costas del Llevant Mallorquí

Joan Payeras
Con fecha 4 de septiembre de 2011, y con motivo del 75 aniversario del reembarco de las tropas comandadas por el capitán Bayo, publiqué en las páginas del Diario de Mallorca, una entrevista que sostuve con la serverina Maria Llull Ignacio -mi madrina, hermana de mi madre- que juntamente con sus padres y su hermana, embarcaron, aquel 4 de septiembre de 1936, como tantos otros civiles de la comarca del Llevant, huyendo atemorizados de aquel infierno de represión que se vivía en algunos pueblos de la comarca, como Manacor y Son Servera.
Hoy, desde Manacor Comarcal, reproducimos integra y textualmente lo que sobre los hechos nos contó aquella mujer:

Una de las barcazas que abandonaron las tropas del capitán Bayo en la playa de sa Coma en 1936

Madrugada del 4 de septiembre de 1936, el Capitán Bayo, ante el fracaso de sus tropas en su intento de recuperar Mallorca, con su desembarco en las costas del Llevant, la madrugada del domingo 16 de agosto y por órdenes recibidas del Gobierno Republicano desde Barcelona y Madrid, ordena el reembarque de forma y manera un tanto apresurada y desordenada y sus naves emprenden rumbo desconocido para sus ocupantes. Bayo les había engañado diciendo que se dirigían a Palma, donde habían llegado refuerzos para conquistar la Capital.


Aquel 4 de septiembre de hace 75 años, cambió la vida a muchos mallorquines, que embarcaron en el buque hospital, “Marqués de Comillas” y en el “Mar Negro”, que, junto a los antiaéreos, “Jaime I” y “Libertad” formaban parte de la armada republicana, que contaba con una columna de cuatro mil hombres. Hombres y mujeres de todas las edades, niños, familias enteras, habitantes de las poblaciones de Son Servera y Sant Llorenç, que desde días atrás se habían refugiado en los montes de “na Penyal” y otros parajes foráneos y costeros de la zona, huyendo del avance de las tropas nacionales, fueron embarcando, precipitadamente en las barcazas que les llevarían a los buques de la armada republicana comandada por Alberto Bayo. Era la tarde noche del 4 de septiembre, aprovechando las tinieblas para defenderse de los encarnizados bombardeos lanzados por los cazas italianos.


Testigo viviente de lo que sería una odisea familiar que duraría tres años es Maria Llull Ignacio (Son Servera, 21-05-1919), que a sus 93 años lo recuerda así: “Mis padres y mi hermana, junto con otros familiares y amigos, llevábamos varios días en la casita de Cala Bona, un pequeño colmado de comestibles, huyendo del avance de las fuerzas fascistas hacia el pueblo de Son Servera, cuando aquella tarde, vinieron a avisarnos para que fuéramos rápidamente hacia la playa de sa Coma para embarcar con las tropas republicanas y así evitar ser víctimas del enemigo”. Así lo hicieron decenas de refugiados, repartiéndose en las barcazas dispuestas para la operación y que les condujeron a los buques fondeados a escasa distancia de la playa. Todos marcharon con lo puesto, “yo solo llevaba el bañador con el que había estado jugando y bañándome en la playa durante el día”, recuerda Maria.
Aquella operación de reembarque de las tropas republicanas, no estuvo exenta de cierto confusionismo, más todavía por parte del contingente civil que participaba en la retirada. El capitán Bayo, había pactado con sus superiores, entre otras, la condición de engañar a todos, para evitar una posible sublevación, diciéndoles que la expedición se dirigía hacia Palma, donde habían llegado refuerzos y así sorprender estratégicamente a los nacionales en la conquista de Mallorca.
Maria cuenta que, con las prisas para subir a bordo de las barcazas, su madre le aconsejó que lo hiciera cogida de la mano de una persona amiga, mientras ella y su padre lo harían junto a su hermana mayor, Magdalena. Tal determinación provocó que “mientras ellos embarcaron en el “Marqués de Comillas”, yo lo hiciera en el “Mar Negro”. Así, como en otros casos, grupos familiares viajaron por separado, sin saber nada unos de los otros. El “Marqués de Comillas” enfiló rumbo a Barcelona y el “Mar Negro” hacia Valencia. “Días después nos llevaron a Barcelona y de allí a Menorca, donde habían desembarcado los ocupantes del otro buque, teniendo lugar nuestro reencuentro familiar”.
No fue un viaje de placer. A bordo, llantos, vómitos y caras de preocupación ante la incertidumbre de un destino y de un futuro oscuro que cada uno imaginaba a su manera. La expedición civil fue bien acogida en Maó por los militares republicanos que mandaban la plaza y por los propios menorquines, que les prestaron apoyo y ayuda, hasta que cada familia se fue situando en la que sería su nueva tierra de residencia durante tres años y para algunos bastantes más. “Mi hermana fue acogida por la familia de un oficial militar, hasta que nos proporcionaron una casa en la calle San Sebastián, cerca de la Plaça de la Miranda, que fue nuestro hogar hasta que regresamos a Mallorca, terminada la guerra”. Sigue contando Maria.
Preguntada sobre la forma de subsistencia en aquella situación y condiciones, Maria comenta que su padre Llorenç, realizaba trabajos de carpintería en la base militar de La Mola; su madre Rafela, labores de limpieza en unas dependencias militares; y su hermana Magdalena, trabajaba de pantalonera en la sastrería Terrades; todos percibían su correspondiente remuneración económica, “yo era muy joven para según que trabajos y ayudaba en las tareas del hogar”.
Las cosas se complicaron para la familia Llull-Ignacio, cuando el primero de noviembre de 1938, a los 54 años murió el padre, a consecuencia de unas dolencias cardíacas. El dolor familiar fue enorme, aunque se viera reconfortado por las muestras de condolencia que recibieron de mallorqines, militares y menorquines. Mientras todo ello, la familia seguía sin noticia alguna de Joan, hermano gemelo de Magdalena, que había quedado en Mallorca cumpliendo el servicio militar en el ejército nacional.
Aquel largo y complicado episodio, pese a todo, marcaría el futuro sentimental para las dos hermanas, Magdalena y Maria. Las dos conocieron a los que años después se convertirían en sus respectivos maridos, Emilio y Toni, un pobler y un palmesano que cumplían en Menorca el servicio militar y que el estallido de la guerra les retuvo allí durante los tres años de conflicto.
Terminada la guerra, se produjo el ansiado regreso de los refugiados a su pueblo. Un retorno, que, según cuenta Maria, no fue nada agradable. “Nos encontramos con un recibimiento hostil, de menosprecio y casi humillante por parte de amigos y familiares, a nuestro regreso a Son Servera. Nos miraban con cierto aire de estupor simplemente por considerarnos ‘rojos’”.
No les resultó fácil rehacer la convivencia con sus convecinos. Son Servera había quedado prácticamente en ruinas y sin recursos para la subsistencia. De ahí que Rafela, viuda y con tres hijos solteros, aconsejada por unas amistades, decidiera trasladar su residencia a Palma. “Nos instalamos en un piso de la calle Son Canals, en la barriada de Hostalets -recuerda Maria-; mi madre encontró trabajo como guardiana de noche en el manicomio -así se llamaba al psiquiátrico-, mi hermana de pantalonera en la sastrería Cantallops, de la Plaça de Cort y yo empecé a trabajar en “ses Sedes”, una fábrica de hilos y bobinas, trabajo que conservé hasta mi jubilación. Con la intención de mejorar nuestra situación económica, mi madre, mujer decidida y emprendedora, decidió dedicarse al estraperlo, algo habitual en aquellos años de hambre y penurias”. Rafela, semanalmente se trasladaba en tren a sa Pobla, donde se abastecía de productos alimenticios como harina, fideos, legumbres, patatas y otros, que vendía clandestinamente en su piso de Hostalets, “siempre con el riesgo que suponía salvar los controles que ejercía la Fiscalía de Tasas. La situación familiar nos obligó a malvender nuestra casa de Son Servera y nos instalamos definitivamente en Palma”. Su cuñado Emilio, fue licenciado pocos meses después de abril del 39, mientras, su novio Toni, quedó arrestado en Menorca durante tres años. Emilio y Magdalena contrajeron matrimonio en 1942 y establecieron su residencia en sa Pobla. Maria y Toni matrimoniaron en 1946 y compartieron sus vidas en Palma.
Maria Llull, que vive sus días plácidamente en el hogar familiar de su hijo Llorenç, en el Pla de na Tesa, no puede ocultar una sentida emoción, mezcla de penar, cuando recuerda y narra aquel largo y duro episodio de su vida que condicionó su juventud. Y al pronunciar el nombre de Franco o la palabra fascistas, baja el tono de su voz, como si de algo impronunciable se tratara.

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