
Julio Huertas, la anatomía humana hecha arte


Julio Huertas (Manacor, 1954) fue noticia en este semanario estas pasadas ediciones por su muestra de escultura y pintura expuesta en el salón de actos de s’Agrícola. Hoy se asoma de nuevo a estas páginas porque dos periodistas amigos han considerado oportuno dar a conocer más profundamente a un personaje con el que cualquier día y a cualquier hora nos cruzamos por las calles de Manacor, o compartimos una consumición en el bar y entablamos una conversación sobre cualquier tema o sobre la nada.
Entre los 7 y 9 años, Julio cursó estudios en el colegio Salesianos de Málaga para después formarse en el Salvador de Valladolid. Fue durante aquellos años de escolarización cuando, sin pretenderlo, empezó a sentir cierta afición por las artes plásticas, pues, según recuerda, cuando se daba cuenta su mano estaba trazando algo sobre una hoja de papel, simples garabatos.
De regreso a Manacor, un día conoció a la que más tarde sería su mujer, Maria del Roser, y madre de sus tres hijos: Julio, Alicia y Toni. Además de su ocupación laboral, comenzó a dedicarle mayor atención a la pintura y a la escultura, así como a hacer sus pinitos literarios escribiendo narrativa y poesía, pese a tener claro que muy difícilmente tales experiencias verían la luz en letra impresa o en forma de libro, porque le tiene demasiado respeto a la literatura, confiesa.


Huertas se atrevió con la primera exposición de sus obras en la sala de Sa Nostra, luego una muestra en s’Agrícola, hace veinticinco años, y animado por el periodista y escritor Rafel Ferrer Massanet, inició los que serían sus mejores años creativos. Unos años dinámicos, efervescentes, llenos de vida y de ilusión para un artista que ya confiaba en sus propias posibilidades para abrirse camino en el mundo de la creación artística.
El artista manacorí se manifiesta con igual soltura y perfección tanto en la pintura como en la escultura, pero no duda en afirmar que se siente más cómodo dando forma a los materiales que moldea, pues “en la escultura encuentro mi mejor manera de expresar mis sentimientos”.
Julio Huertas participó en certámenes y bienales fuera de la isla con notable éxito, además de presentar exposiciones diversas en distintas poblaciones de Mallorca, como sa Pobla, Maria de la Salut, Cala Bona, Son Macià, Capdepera, Inca, Santanyí, Binissalem, Porto Cristo, sa Ràpita o Manacor. Experiencias, todas ellas, que le llevaron a descubrir que “pese a que en el mundo del arte el artista se encuentra algo perdido, resulta muy agradecido porque enseñas algo tuyo que a veces te hace dudar si vale la pena, al mismo tiempo que te empuja a no rendirte. Es algo muy complejo”, confiesa.
Sobre su obra han escrito reconocidas plumas, como Alexandre Ballester, Llorenç Morey, Josep Maria Fuster, Vicente Clemente o Rafel Ferrer Massanet, entre otros, que han calificado su obra como “un arte sin concesiones, robusta, potente; una obra que nace tras una profunda autoreflexión sobre la condición humana”. Una obra que el propio autor describe como “realismo distorsionado” y “realismo mágico”. Una obra de la que otros han dicho que “transmite vida, y por eso, también dolor y esperanza. Una obra realizada con el alma, y por eso perdurará en el tiempo”.


Otro de los múltiples comentarios que se han escrito referentes a la obra artística de Julio Huertas, dice: “Julio Huertas es un investigador de la expresión corporal. Explora este campo hasta el infinito y todo indica que nunca llega a sentirse plenamente satisfecho con esto; es el comportamiento del artista autoexigente”.
Si, como dice la frase, “es de bien nacido ser agradecido”, nuestro personaje no se cansa de repetir el agradecimiento que siente por el periodista y escritor Rafel Ferrer Massanet, quien, desde que vio sus primeras obras, le animó constantemente a que siguiera con entusiasmo su dedicación y entrega a tan apasionante mundo de las artes plásticas. Una relación entre escritor y artista que Antoni Ferrer Vallespir quiso recordar en un momento del acto de presentación de la exposición, con estas palabras que emocionaron visiblemente al artista: “Tú sabes, Julio, que tu amigo Rafel Ferrer Massanet, el año 1980, en su libro ‘Manacor, de la pedra a la paraula’, escribió: ‘Los nombres aguantan más que las piedras, porque las piedras llegan a desmenuzarse, mientras que los nombres perduran a lo largo de la historia. Los nombres, para un pueblo, han llegado a ser la única herencia clara”. Y añadió Antoni: “Por eso, Julio, tu arte nos sobrevivirá a todos, porque en él se refleja la vida y la naturaleza humanas, con sus luces y con sus sombras, con sus debilidades y su fortaleza, con sus virtudes y sus defectos”.
Julio es Julio
Podríamos seguir hablando largo y tendido con Julio y de Julio, de su obra, de sus sentimientos y de su forma de entender la vida, que quedan reflejados en sus esculturas y en sus pinturas, para al final llegar a la conclusión de que Julio es Julio, el mismo Julio que él definió en aquel poema que escribió solo en su sofá, un día cualquiera de un mes de enero de 1997.








