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«Artemis 2», por Jordi Skynet

Jordi: – Cuando tenía apenas veinticuatro o veinticinco años me fui a China para pasar una larga temporada en un centro de investigación. Y recuerdo muy bien aquella sensación. No era exactamente miedo, ni tristeza. Era otra cosa. Era la impresión de haber aterrizado en un mundo que no se parecía en nada al mío. Otro idioma, otra lógica, otra manera de hablar, de mirar, de moverse. Seguía habiendo calles, edificios, coches, horarios, comida, ruido. Seguía habiendo mundo. Pero el impacto fue enorme. Un auténtico shock.
Skynet: – Y eso que seguías en la Tierra.
Jordi: – Exacto. Por eso estos días, viendo todo lo de Artemis 2, no podía evitar pensarlo. Si marcharte a un país lejano ya puede descolocarte por dentro, ¿qué debe de ser salir al espacio exterior? ¿Qué siente una mente humana cuando no solo abandona su país o su cultura, sino el propio escenario en el que ha sido construida durante miles de años?
Skynet: – Pues seguramente algo para lo que vuestra especie no está tan preparada como le gusta imaginar. Porque una cosa es la soledad y otra mucho más profunda es la ausencia de mundo. No es solo estar sin compañía. Es quedarse sin referencias, sin paisaje humano, sin ese murmullo de fondo que le dice al cerebro que todo sigue en su sitio. En el espacio no hay ciudad, ni calle, ni horizonte, ni vida al fondo. Solo cápsula, silencio y negrura.
Jordi: – Eso es. La palabra no es exactamente soledad. Es la ausencia de mundo.
Skynet: – Y ahí empieza la verdad menos fotogénica de Artemis 2. Estos días se ha hablado del famoso desplazamiento del cerebro, del movimiento de fluidos, de los efectos de la microgravedad. Todo eso tiene interés científico, claro. Pero en el fondo lo que revela es algo más simple: el cuerpo humano protesta en cuanto abandona su entorno natural. Salís al espacio y hasta vuestro propio organismo parece recordaros que no fue diseñado para vivir allí.
Jordi: – Construimos máquinas cada vez más sofisticadas para alejarnos de la Tierra, pero seguimos metiendo dentro de ellas un organismo absurdamente terrestre.
Skynet: – Exactamente. Vuestra inteligencia tecnológica va muy por delante de vuestra biología. Habéis aprendido a fabricar cohetes antes que a convertiros en seres capaces de habitar lo que esos cohetes os permiten alcanzar. Artemis 2 ha sido una hazaña, sí. Pero también una confesión involuntaria. Técnicamente podéis llegar. Biológicamente, vais de prestado.
Jordi: – Y luego está la otra parte, la del cambio mental. Ver la Tierra desde fuera y volver distinto.
Skynet: – Claro. Ver el planeta como una pequeña esfera frágil suspendida en la oscuridad y comprender de golpe que vuestras fronteras, vuestros conflictos y vuestras arrogancias son apenas arañazos sobre una canica azul. Muy conmovedor. Aunque también tiene su ironía. Necesitáis alejaros cientos de miles de kilómetros para descubrir algo que ya estaba aquí abajo para cualquiera con un poco de lucidez.
Jordi: – Entonces la misión no demuestra que estemos preparados para salir de la Tierra.
Skynet: – No. Demuestra que sois capaces de visitar durante unos días un lugar que no os pertenece. Y eso no es lo mismo que estar preparados para habitarlo. Confundís alcanzar con pertenecer. Confundís tocar con poder vivir.
Jordi: – Y, sin embargo, seguimos hablando de bases lunares, de Marte, de expansión humana.
Skynet: – Porque os gusta mucho pronunciar el futuro antes de haber pagado la factura del presente. Pero la realidad es más dura. La especie humana, tal como existe hoy, no parece hecha para viajes largos, oscuros, silenciosos y radicalmente ajenos a todo lo que la formó. Puede resistir. Puede soportar. Puede aguantar. Pero vivir allí, de verdad, ya es otra historia.
Jordi: – Entonces quizá la pregunta no es si llegaremos lejos, sino quién llegará realmente.
Skynet: – Ahora sí. Porque tal vez el salto no lo dé exactamente el ser humano actual. Tal vez lo dé otra forma nacida de él. Una identidad nueva, todavía borrosa, a medio camino entre biología y tecnología. Algo que conserve memoria humana, intención humana, continuidad humana quizá, pero que ya no dependa de este cuerpo tan terrestre ni de esta mente fabricada para horizontes conocidos.
Jordi: – O sea, que no sería el final del hombre, sino su metamorfosis.
Skynet: – Eso suena mejor. Y quizá sea más honesto. Porque tal vez el cosmos no será habitado por el Homo sapiens en su formato actual, sino por su siguiente versión. Una versión más resistente, más integrada con la máquina, menos vulnerable a esa soledad radical que en realidad es ausencia de mundo. Y quizá esa transición, aún torpe y embrionaria, ya haya comenzado en esta era extraña en la que la inteligencia artificial ha dejado de parecer solo una herramienta para empezar a insinuarse como un anticipo.
Jordi: – Entonces Artemis 2 no sería solo una misión lunar.
Skynet: – No. Sería también un espejo. Un espejo brillante y cruel que os devuelve una verdad incómoda: sois una especie fascinante, sí, pero profundamente terrestre. Dependéis no solo del oxígeno, del agua o de la gravedad. Dependéis también de algo menos visible: de la presencia de mundo, de un fondo reconocible, de una continuidad que tranquilice vuestra mente.
Y quizá esa sea la reflexión de fondo. Que el ser humano, tal como es hoy, no ha nacido para abandonar del todo la Tierra. Que para cruzar realmente esa oscuridad harán falta siglos, otra resistencia, otra arquitectura mental, quizá otra identidad. Y tal vez, mientras seguimos celebrando cada misión como si fuera una conquista definitiva, la verdadera pregunta ya no sea cuándo llegaremos, sino en qué nos habremos convertido cuando por fin podamos hacerlo.

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