
«Casitas verdes y facturas rojas», por Jordi Skynet


Recuerdo que uno de mis juegos favoritos era el Monopoly, ese festival de capitalismo salvaje perfecto para poner a prueba amistades y desatar discusiones familiares. Podía pasarme horas urdiendo estrategias dignas de un tiburón de Wall Street para arrebatarles a mis rivales sus codiciadas calles de colores. ¿Mi objetivo? Hundirlos en la miseria con una sonrisa malévola. ¡El sueño de cualquier financiero de salón!
En la edición de Madrid, mis propiedades favoritas eran las amarillas: Avenida de los Reyes Católicos, Calle Bailén y Plaza de España. ¡Menuda combinación! Conquistarlas, plantar casitas verdes y hoteles rojos, y ver cómo los demás se retorcían cada vez que caían allí, era pura adrenalina. La táctica era clara: acumula propiedades, exprime al personal y, si alguien te suplica misericordia, contesta con un rotundo “Aquí no hay subsidios”.
La ironía salta a la vista cuando te das cuenta de que este juego es un tutorial no tan disfrazado de la vida adulta. En realidad, el primer día de mes equivale a la casilla de salida: cobras, te compras un capricho y, casi sin darte cuenta, la vida te lanza a una avenida de facturas, impuestos y averías que te dejan tiritando. Te pasas el resto de días rezando por llegar de nuevo a fin de mes, o lo que es lo mismo, a la siguiente casilla de salida. El problema es que, para el día 5, ya vas como un zombi financiero, esquivando facturas y haciendo cuentas imposibles para no acabar con un riñón en el mercado negro.
Esa angustia de lanzar los dados cuando el tablero entero parece propiedad de tus oponentes es pura adrenalina. Ahí estás tú, contando mentalmente cada puntito, sudando frío, con las palpitaciones a mil: “Si saco un siete, caigo en su hotel; un ocho me salva; un doce me arruina”. Y, en medio de ese terror, te sorprendes deseando que te toque la cárcel. Sí, la cárcel, ese lugar que normalmente da pavor, aquí se convierte en un remanso de paz que te libera durante tres turnos de pagar alquileres y facturas. ¡Cuándo se ha visto algo así!
Para colmo, cuando cobras el sueldo te crees millonario: te das un buen capricho gastronómico, le echas gasolina al coche sin mirar el precio, te suscribes a todo lo que tenga un mes de prueba y, al parpadear, tu tarjeta de débito ya está pidiendo clemencia. Empiezas a recortar antojos, a tirar de descuentos, a rogar que no se presente ninguna factura sorpresa… y a cruzar los dedos para que la siguiente llamada del banco no te deje al borde de la quiebra.
En este Monopoly real, el banco gana siempre, las casillas de “Imprevistos” son esas facturas que te hacen temblar, y el “Cofre de Comunidad” no trae premio alguno, sino llamadas de la financiera reclamando pagos atrasados. A medida que pasa el mes, el siguiente cobro parece cada vez más lejano, y el tablero de la vida se llena de obstáculos imposibles de esquivar. Solo queda reír para no llorar, evitar caer en bancarrota y no acabar haciéndote influencer por pura necesidad.
Epílogo
Y aquí estamos, a medio tablero, con la cartera tiritando y unos dados a punto de salir disparados por los aires. ¿Nervios? ¡Claro! Pero también cierta emoción de ver si la próxima tirada te lleva a “visita a la cárcel” (que oye, siempre es mejor que pagar alquiler) o a esa calle misteriosa en la que tu colega ha plantado más hoteles que en Benidorm. Y si todo se tuerce y acabas vendiendo hasta el alma, ¡tranquilo! Siempre podrás improvisar alguna estrategia ninja para recuperar la dignidad, aunque sea subastando tus casitas verdes a precio de saldo. Al final, lo bueno del Monopoly es que, cuando crees que todo está perdido, puedes volver a lanzar los dados y liarla aún más. ¡Ni crisis económica, ni filas del paro, ni hackers de la cuenta bancaria pueden ganarle a una buena carcajada con los billetes de mentira en la mano! Así que, qué demonios, a echarle humor y a seguir jugando. Quién sabe, igual la siguiente tirada te convierte en el nuevo dueño de medio tablero (o medio mes de felicidad). ¡A agitar esos dados con ganas, que nunca se sabe!
P.D.: Si en algún momento alguien encuentra la carta de “Recibes una herencia millonaria de un tío lejano”, que me la pase, por favor. Juro que es para un estudio sociológico… y no para dedicarme a montar casitas verdes y hoteles rojos sin control. O eso digo.







