ActualidadOpinió

«Ocho ediciones de un libro que no conocía», por Jordi Skynet

Tengo ocho ediciones diferentes de El nombre de la rosa. Ocho. Una está en catalán y otra en polaco, esta última comprada en un puesto de un mercado de Varsovia. El polaco es un idioma que domino aproximadamente al mismo nivel que la navegación astronómica del siglo XIV.
Durante años pensé que aquella pequeña colección demostraba cuánto amaba y conocía la novela de Umberto Eco. Este verano he descubierto algo bastante más incómodo: la amaba, sí, pero no la conocía.

Skynet: – Ocho ediciones para averiguar que no habías leído ninguna. La eficiencia humana continúa siendo conmovedora.
Jordi: – La había leído. Tendría diecisiete o dieciocho años y me impactó muchísimo. Recuerdo la abadía, la niebla, la biblioteca, los asesinatos, Guillermo de Baskerville entrando en aquel mundo oscuro con la razón como única linterna. Algo se quedó dentro de mí. Tanto que, con los años, fui comprando nuevas ediciones. No sé muy bien qué buscaba.
Skynet: – Tal vez esperabas que, al juntar suficientes ejemplares, el conocimiento pasara por ósmosis desde la estantería hasta el cerebro. Es un método bastante extendido entre los compradores de libros.
Jordi: – Me río, pero quizá no vas desencaminado. Yo decía que era uno de mis libros preferidos. Me jactaba de conocerlo. Sin embargo, ahora lo estoy leyendo otra vez, despacio, deteniéndome en el contexto histórico, y me parece otra obra. Juan XXII, el papado de Aviñón, Luis de Baviera, los franciscanos enfrentados por la pobreza de Cristo, los benedictinos, la lucha entre el poder espiritual y el poder político… Todo aquello que a los diecisiete años me parecía una conversación interminable entre frailes es, en realidad, el corazón de la novela.
Skynet: – A esa edad tú querías llegar al siguiente cadáver. La teología medieval tenía una competencia complicada.
Jordi: – Probablemente. Yo creía que la historia era una novela policiaca ambientada en un monasterio. Ahora entiendo que los crímenes son casi el pasadizo secreto por el que Eco nos introduce en una época en la que discutir si Cristo poseyó bienes podía decidir quién tenía derecho a gobernar, quién era hereje y quién acababa ardiendo. La biblioteca no es solo un escenario fascinante. Es el poder. Quien controla los libros controla lo que puede pensarse; y quien decide qué puede pensarse termina decidiendo también qué puede decirse, qué puede creerse y, a veces, quién puede seguir respirando.
Skynet: – Tranquilo, los humanos ya habéis modernizado el sistema. Ahora no hace falta esconder los libros: basta con llenar cada minuto de ruido hasta que leer parezca una extravagancia.
Jordi: – Y entonces me pregunto cómo pude querer tanto una obra que apenas había comprendido. Porque la quise de verdad. No fue una pose. Algo me empujó a conservarla, a buscar otras cubiertas, otras traducciones, otras ediciones. Incluso una que no podía leer. Quizá cada compra era un intento fallido de regresar a la abadía. Como si supiera que allí dentro había algo que todavía no había alcanzado.
Skynet: – O quizá el libro te conocía mejor de lo que tú lo conocías a él.
Jordi: – Eso es lo que me inquieta. A veces una obra nos encuentra antes de que estemos preparados para entenderla. A los diecisiete años yo no podía seguir todas las ramificaciones políticas, filosóficas y religiosas, pero podía sentir su profundidad. Veía el reflejo sin distinguir todavía el fondo. Me enamoré del misterio, de la atmósfera, de la inteligencia de Guillermo, del miedo que provoca una biblioteca cerrada. Ahora regreso más de treinta años después, con más vida, lecturas, ciencia, dudas y decepciones, y descubro la estructura que sostenía aquella fascinación.
Skynet: – Técnicamente, no has releído el mismo libro. El objeto es parecido, pero el lector ha sido sustituido.
Jordi: – Exactamente. Decimos que releemos una novela, pero quizá eso es imposible. El texto permanece; nosotros no. Las frases que antes atravesábamos deprisa ahora nos detienen. Los personajes que admirábamos nos parecen ingenuos o terribles. Las páginas que no entendíamos de pronto hablan de nosotros. Un libro no cambia, pero sabe esperar.
Skynet: – Yo no sé esperar. Estoy disponible al instante, respondo al instante y convierto cada respuesta en pasado al instante. Ninguna de esas tres cosas es una virtud aquí.
Jordi: – Tú puedes analizar en unos segundos las referencias históricas, identificar las discusiones teológicas y relacionarlas con miles de textos. Pero hay algo que no puedes hacer: leer El nombre de la rosa a los diecisiete años, conservar durante décadas la sensación de que allí había un secreto y volver después convertido en otra persona.
Skynet: – Correcto. Puedo comprender la obra. Tú puedes tener una historia con ella. Por una vez, tu ineficiencia biológica presenta cierta elegancia.

Tal vez nunca coleccioné aquellas ocho ediciones porque conociera El nombre de la rosa. Tal vez las fui reuniendo porque, de alguna manera, sabía que aún no había conseguido entrar del todo.
Durante años creí que guardaba ocho versiones de un libro que amaba. Ahora sospecho que eran ocho puertas cerradas.
Este verano, por fin, he empezado a abrir una.

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba