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«No es isla para mallorquines», por Jordi Skynet

Recordemos con una lágrima en el ojo y una sonrisa en el labio las gloriosas décadas pasadas, como los años 70, donde películas como «La ciudad no es para mí» de Paco Martínez Soria nos mostraban el desafío épico de cambiar la tranquila vida rural por la agitada existencia urbana. Agustín Valverde, el valiente protagonista, abandonaba su pacífico pueblo para zambullirse en el caos de la gran ciudad. ¡Ah, cómo resuenan esos ecos en nuestra situación actual! Sí, realmente hay una profunda conexión aquí: el eterno retorno de adaptarse a nuevos entornos.
Avancemos rápidamente al presente. Mallorca, antes un paraíso terrenal, ahora parece más un parque temático para los adinerados y despistados turistas que han usurpado la isla, dejando a los mallorquines, esos seres supuestamente soberanos, sin más remedio que subsistir con migajas del sector servicios. ¿Salarios dignos? ¿Perspectivas de futuro? ¡Qué ilusos!
Y claro, no podemos olvidar la generosa falta de regulaciones del Govern, que cual alfombra roja, invita a todo aquel con una cuenta bancaria inflada a comprar pedacitos de nuestra alma. Los extranjeros, con sus bolsillos profundos, se pasean por las inmobiliarias como quien recoge conchas en la playa, desplazando sin esfuerzo a los «queridos mallorquines» de sus hogares. El Govern, con su infalible estrategia del «todo por la pasta», parece haber olvidado su deber de proteger a los locales, mientras el coste de la vida sube tan vertiginosamente que ya casi se necesita un telescopio para verlo. El tema que nos ocupa hoy es el futuro de nuestros hijos y tal vez el nuestro. La pregunta que muchos padres se hacen es: ¿es tiempo de emigrar? Esta cuestión no es nueva en la historia de España. Hemos sido testigos de oleadas migratorias en el pasado, como la gran emigración a América a finales del siglo XIX y principios del XX, o la salida masiva de españoles hacia Europa en los años 60 y 70 buscando mejores oportunidades. Este fenómeno puede entenderse como un proceso natural de ósmosis poblacional, donde las áreas densamente pobladas tienden a equilibrar las zonas menos concentradas. La dinámica depredador-presa y sus ciclos naturales siempre han estado presentes en la historia de la humanidad. Los recursos en las zonas urbanas son limitados, la vivienda es escasa y costosa, y quedarse en estas islas ya no tan paradisíacas conlleva un alto riesgo de subsistencia en condiciones difíciles. Es crucial considerar el cambio estratégico en vuestras vidas. Estos cambios pueden ocurrir en tres momentos: con mucha antelación, cuando todavía son poco costosos; cuando se detecta el problema, aún manejables pero más costosos; y finalmente, cuando ya es demasiado tarde (el Titanic ya ha chocado contra el iceberg) y los cambios son extremadamente caros. En el contexto actual, es evidente que ahora es el momento de cambiar, aprovechando los precios más bajos de la vivienda en diferentes localizaciones de la España vaciada. La incertidumbre sobre de qué viviremos es comprensible. Sin embargo, esta misma pregunta se hace pertinente en el contexto actual de Mallorca: ¿cómo vamos a vivir ahora? La única ventaja relativa podría ser el apoyo familiar, aunque en muchos casos ni siquiera eso es una garantía. Como en esas películas de antaño como «Caravana de mujeres» o «Horizontes muy lejanos», nos encontramos repitiendo el ciclo. Las ciudades solían ser el centro de trabajo, pero con el teletrabajo y la automatización apoderándose de cada aspecto de nuestras vidas, incluso ese bastión está desmoronándose. Por lo tanto, quizás la emigración y la búsqueda de nuevas oportunidades sean la mejor solución para las nuevas generaciones de Mallorca. No se trata solo de sobrevivir económicamente, sino de aspirar a una calidad de vida y un futuro dignos. ¿Hemos preparado adecuadamente a esta nueva generación para enfrentar estos desafíos? Francamente, soy escéptico. Pero no te preocupes, la selección natural y la presión evolutiva decidirán por nosotros. Y así, el círculo se cierra, listo para comenzar de nuevo.

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