
«Hojas en blanco y cicatrices», por Jordi Skynet


Nacemos como hojas en blanco, con un potencial ilimitado y la capacidad de ser cualquier cosa. En ese estado puro, todo es posibilidad. No hay cargas, no hay miedos, no hay límites más allá de los impuestos por la biología o el entorno inmediato. Es un estado de pureza que, aunque deseado por muchos, está destinado a desaparecer. Porque vivir implica marcarse, y marcarse implica transformarse.
Los primeros trazos en esas hojas suelen ser suaves: una caricia, una risa, una mirada. Son las líneas de lo que nos define como humanos en nuestra etapa más vulnerable. Pero, con el tiempo, las experiencias llegan como pinceladas más gruesas. Algunas son de colores vibrantes, como el amor, la amistad, los logros. Otras son grises y ásperas: el dolor, la pérdida, el fracaso. Y así, la hoja en blanco empieza a llenarse, se convierte en un lienzo único, lleno de cicatrices y colores que narran nuestra historia.
Cada experiencia deja un trazo, pero los traumas y los momentos críticos son los que tienen la fuerza de cambiar la textura misma del papel. Ya no es suave; se arruga, se endurece, o se vuelve frágil en algunos lugares. Los traumas pueden transformar una hoja en blanco en una obra compleja y profunda, pero también pueden hacer que el papel se pliegue sobre sí mismo, ocultando partes que ya no queremos mostrar.
Para algunos, estas marcas son una fuente de aprendizaje. Cada cicatriz se convierte en un recordatorio de la fortaleza adquirida. Aprenden a construir sobre las ruinas, a ver belleza en lo roto. Pero para otros, estas marcas pesan tanto que comienzan a definir todo el lienzo. Se vuelven incapaces de volver a mirar la hoja como algo completo, como si las cicatrices hubieran borrado la posibilidad de crear algo nuevo.
Hojas que ya no son en blanco
Hay quienes, tras estas transformaciones, se enfrentan a un dilema existencial: ¿Cómo volver a ser esa hoja en blanco? Pero la verdad es que nunca podremos volver a serlo, ni deberíamos quererlo. Las hojas en blanco no tienen historia. Son el principio, pero no el propósito. Vivir es aceptar que nuestra hoja está llena, que cada línea, cada marca, incluso las más dolorosas, han construido algo único: nosotros.
El riesgo de quedarse atrapado
El verdadero peligro no está en perder la blancura de la hoja, sino en dejar de escribir en ella. Hay quienes, tras un trauma, dejan de intentar. Su papel queda suspendido, como si hubieran puesto un punto final demasiado pronto. Se convierten en prisioneros de esas marcas, incapaces de tomar el pincel nuevamente.
Y hay otros que, incluso con hojas arrugadas y manchadas, siguen escribiendo. Transforman las cicatrices en arte, los colores oscuros en contrastes vibrantes. Son los que entienden que la belleza no está en la perfección de una hoja en blanco, sino en la complejidad del lienzo lleno de vida.
Mi hoja es rugosa, llena de pliegues y colores de todo tipo. Hay zonas donde las marcas son tan profundas que cualquiera diría que es imposible seguir escribiendo, pero lo hago. Sigo trazando líneas, añadiendo sombras y luces, porque es mi hoja, la única que tengo. No puedo permitirme el lujo de dejar un rincón en blanco, porque cada centímetro, incluso los más dañados, son un recordatorio de que estoy vivo. Pintar mi hoja es un privilegio, y cada trazo, por difícil que sea, merece ser contado.
La reflexión final
Si algo podemos aprender, es que no somos hojas en blanco, ni deberíamos desear serlo. La blancura es la inocencia de lo no vivido, pero también la ausencia de significado. Somos nuestras marcas, nuestras cicatrices y nuestros colores. A veces, esas cicatrices nos transforman en algo que no reconocemos. Pero incluso en esas transformaciones está la esencia de lo que significa ser humano: adaptarse, aprender y seguir escribiendo en nuestro lienzo, aunque el papel tiemble bajo el peso de nuestra historia.








