
«Fútbol base: ganes o pierdas, siempre hay quejas», por Jordi Skynet


Hablo desde mi experiencia como entrenador en el fútbol base, trabajando con niños y niñas de seis y siete años. Y lo digo con sinceridad: entiendo a los padres. O quizá debería decirlo de otra manera… Si yo estuviera en la grada como padre, probablemente haría lo mismo.
Esa mezcla de nervios, ilusión, protección y análisis táctico improvisado…, nadie está inmunizado. Ni yo.
Ser entrenador de fútbol base es uno de esos oficios que nadie entiende hasta que se mete dentro. Desde fuera parece fácil: pones a los niños a jugar, das cuatro instrucciones, animas un poco y te vas a casa con la sensación de estar contribuyendo a la sociedad.
Luego descubres la verdad. Y la verdad es que ni ganando te libras. Porque en el fútbol base no existe el resultado perfecto.
Si ganas, “claro, con ese equipo cualquiera”. Si pierdes, “algo estará haciendo mal el entrenador”.
Y si empatas, peor: significa que no te has decidido ni por fracasar ni por brillar. Un tibio. Un indeciso. Un filósofo del balón que no arriesga.
A veces pienso que el fútbol base es la única actividad humana donde todas las versiones de la realidad generan la misma emoción: la queja.
Entrenas bien:
-“Demasiada intensidad, los niños tienen que disfrutar”.
Entrenas suave:
-“Así no competirán nunca”.
Rotas jugadores para que todos participen:
-“A mi hijo lo cambias demasiado”.
No rotas porque el partido está ajustado:
-“Aquí hay favoritismos”.
Y mi favorita:
-“No es por mí, es por el niño”. Una frase que en 2025 ya deberíamos imprimir en una camiseta.
Pero aquí viene la paradoja: los únicos que no se quejan son los propios niños.
Ellos llegan al campo con las botas en la mano, el pelo medio despeinado, ganas de correr y cero interés en las conspiraciones tácticas que imaginan los adultos.
Si ganan, celebran. Si pierden, preguntan si pueden ir al parque después. Una filosofía vital que deberíamos estudiar en las universidades.
Lo más curioso es que, aunque todos lo sabemos, seguimos actuando como si el fútbol base fuera una mezcla de Champions League, mercado bursátil y guerra fría por el lateral derecho.
Y no, no lo es.
Es un lugar donde un niño puede descubrir que correr detrás de un balón es divertido, que un compañero puede ser un amigo, que equivocarse no te mata, y que a veces el pase va a la grada porque la vida es así.
Ser entrenador es aceptar que nunca habrá consenso, que siempre habrá ruido, que tu trabajo consiste en educar, acompañar, sostener y, sobre todo, recordar que hay una enorme diferencia entre formar jugadores y satisfacer expectativas adultas.
El fútbol base no es un casting de élite. Es una escuela de vida disfrazada de deporte.
Y quizás eso explica el fenómeno más desconcertante de todos: aunque ganes todo, habrá quejas; aunque pierdas todo, habrá quejas…
…y aun así, cada semana vuelves al campo.
Vuelves porque cuando uno de ellos te mira y te dice “¿hoy jugamos, míster?”, entiendes que estás allí por ellos, no por el marcador ni por el ruido exterior.
Y entonces, aunque la gente no lo sepa, ganas siempre.
Epílogo (versión corta)
Esta semana tenemos el partido: el más importante del año para ellos. Y sé que para los niños eso es casi una final. Pero mi preocupación no es el marcador, sino que entiendan algo que cuesta años aprender: haber llegado hasta aquí ya es la victoria.
Quiero que salgan al campo sin miedo, sabiendo que todo lo vivido -esfuerzo, risas, errores, goles- es lo que realmente importa. Que disfruten, que jueguen libres, que entiendan que pase lo que pase, ya han ganado juntos.
Y si el sábado quedamos primeros, perfecto.
Y si no, también.
Porque lo que este equipo ha construido este año no lo mueve ningún resultado.








