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“’Fins als ous’: la isla de los figurantes», por Jordi Skynet

«Record una illa,
amb camins i silencis,
avui només resta
el soroll dels estrangers.»

Este domingo iba conduciendo mi coche desde Manacor hacia Muro, tan tranquilo, disfrutando del día, del paisaje, de esas vistas de la Serra que te reconcilian un poco con la vida… cuando de repente… ciclistas. Ciclistas por todas partes. Altos, bajos, gordos, flacos, con cascos aerodinámicos o sin ellos, y todos vestidos con maillots de colores imposibles, como si hubieran volcado un bote de plastidecor sobre la isla para dejarte ciego antes de atropellarlos. Parecía una exposición ambulante de Lycra patrocinada por Pantone -ya sabéis, esa gente que tiene más colores inventados que los atardeceres de Formentor-.
Pero la cosa no acababa ahí. No solo me crucé con pelotones interminables de bicis, sino también con una nueva especie: tíos en patines de ruedas en línea, empuñando unos palos larguísimos -que no sé si son de esquí o de otra marcianada, pero te juro que lo parecían-, deslizándose por el arcén o directamente plantados en mitad de la carretera, como si Mallorca hubiera sido reconvertida en una pista olímpica sin avisar a nadie.
La cuestión es que no es que yo sea un tipo nervioso al volante. No suelo alterarme por cualquier tontería. Pero aquel día, sinceramente, estaba flipando. Flipando en colores, como los maillots que me rodeaban. Y claro, acabé como era de esperar: “fins als ous”.
Porque ahora, las carreteras de Mallorca ya no son carreteras: son parques temáticos improvisados donde las bicis mandan y tú, si vas en coche, eres el enemigo a batir. Es como si estuviéramos atrapados en un ‘puto’ Tour de Francia permanente, pero sin organización, sin premios, y con los mallorquines financiando el chiringuito a base de impuestos, paciencia y tragaderas.
Claro, como aquí somos mucho de procesiones de Semana Santa, a lo mejor algún iluminado ha pensado que nos encanta eso de ir en procesión, pero en coche y por las carreteras. Y venga… a 20 por hora, rezando para no morir atropellado por una bicicleta fluorescente o para no llevarte a un ciclista pegado al parabrisas.
Intentas adelantar a un pelotón, jugándotela en cada maniobra porque ocupan toda la vía. Y cuando por fin encuentras el hueco, no solo tienes que rezar para que no aparezca otro coche de frente, sino que, si lo hace, eres tú el que tiene que pegar el volantazo para salvar el pellejo. Y lo más cojonudo: mientras tú esquivas la catástrofe, los ciclistas aún tienen la cara dura de mirarte mal, como si el intruso fueras tú, en vez de ellos, que han tomado la carretera como si fuera suya.
Y como guinda del pastel, siempre aparece el portavoz de la resignación -ese amigo iluminado- que te suelta aquello de “Bueno, vivimos del turismo”. Pues muy bien, que el turista “se’n vagi a cagar al jardí de ca teva”. Ah, no, perdón, que ya no tienes jardín, que también te lo han quitado o se lo has vendido para montar su “agroturisme” de pacotilla.
¿Y qué hace el Govern de les Illes mientras tanto? Pues lo de siempre: mirar para otro lado, contar billetes y aplaudir con las orejas cualquier cosa que suene a turismo, aunque sea a costa de nuestra seguridad, de nuestra paciencia y de nuestras propias carreteras. Aquí lo único que importa es que el dinero siga fluyendo, aunque nosotros tengamos que circular en modo supervivencia.
Mallorca se ha convertido en un sinsentido sobre ruedas, donde las normas se aplican a conveniencia, donde el sentido común ha hecho las maletas, y donde los que intentamos simplemente conducir somos poco más que obstáculos molestos para esta feria descontrolada.
Y así estamos: atrapados en esta fiesta interminable de Lycra, patines y bastones de esquí, rezando para no acabar empotrados contra alguien en cada curva. Y lo peor de todo: sin que a nadie le importe un carajo. Total, Mallorca es ahora el parque de atracciones de Europa, y nosotros, los figurantes gratis.

Última verdad

Figurante (sustantivo): Persona que aparece en una escena sin tener papel protagonista ni derecho a opinar. Su única función es llenar el decorado.
Un día Mallorca será un recuerdo. Y lo peor es que muchos ni siquiera sabrán que existió… Yo ya lo siento así.

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