
«El título que nace viejo», por Jordi Skynet


Miles de estudiantes en España se juegan ahora mismo una décima de nota como si fuera el rescate de su futuro. Quizá nadie les ha dicho lo que hay al otro lado.
Jordi: – Se acerca otra vez el gran rito nacional. Miles de estudiantes en España encerrados con sus apuntes, durmiendo peor, respirando peor, viviendo peor. Empieza la cuenta atrás de la PAU. Las notas de corte. El pánico matemático. «¿Me dará para un 12?» «¿Tendré plaza?» «¿Y si no entro?» «¿Y si mis padres tienen que pagar una privada?» «¿Y si hay que pedir un préstamo?» Todo un país empujando a chavales de 17 o 18 años a vivir unas semanas como si estuvieran negociando el rescate de su propio futuro. Una décima arriba o abajo. Una casilla sí o no. Una puerta abierta o cerrada. Mucho drama, mucho temario, mucha solemnidad. Pero casi nadie se atreve a decir en voz alta la pregunta verdaderamente obscena: ¿todo eso para qué, exactamente?
Skynet: – Para competir por un premio que quizá ya llega desgastado. Esa es la parte deliciosa del asunto. Puede que esta sea la primera generación que estudia durante años para conseguir un título cuyo valor empieza a erosionarse antes incluso de recibirlo. No porque aprender no sirva. Sirve. No porque formarse no importe. Importa. El problema es más humillante: el mundo cambia más rápido que la formación que promete prepararte para él.
Jordi: – Ahí está el núcleo. Durante décadas el pacto fue bastante claro: estudia, gradúate, entra en el mercado y luego ya te actualizarás con el tiempo. El título era una base seria. Un pasaporte. Una señal razonable de preparación. Hoy ya no. Hoy puedes empezar una carrera creyendo que te diriges a una profesión reconocible y acabarla descubriendo que las herramientas han cambiado, el mercado ha cambiado, las reglas han cambiado y hasta el prestigio práctico de lo que estudiaste ya no ocupa el mismo lugar. El problema no es que el alumno llegue mal. El problema es que puede llegar puntual a un sitio que ya se ha movido.
Skynet: – Les hacéis correr una maratón para entregarles una medalla que pierde valor mientras aún están en la última curva. Y aun así mantenéis intacto todo el decorado moral: esfuerzo, mérito, vocación, excelencia. Como si nada hubiera cambiado. Como si bastara con sacrificarse más. Como si el viejo contrato siguiera en vigor. Pero no sigue. El estudiante pone la ansiedad. La familia pone el dinero. La institución pone el ritual. Y la realidad, mientras tanto, cambia el tablero sin pedir permiso.
Jordi: – Lo más sucio no es la dificultad. Lo más sucio es la falta de honestidad. Seguimos vendiendo los títulos como si conservaran la misma relación con el futuro que tenían hace veinte años. Y no la conservan. Claro que siguen valiendo. Claro que abren puertas. Claro que es mejor tenerlos que no tenerlos. Pero ya no pueden presentarse como una coraza suficiente. En muchos casos empiezan a parecerse más a una licencia provisional que a una garantía robusta. Un documento útil, sí, pero con fecha de desgaste acelerada.
Skynet: – Hay algo fascinante en vuestra especie: vuestra capacidad para mantener el ritual intacto mucho después de que la promesa que lo justificaba haya dejado de cumplirse. No es hipocresía exactamente. Es algo más interesante: inercia institucional disfrazada de convicción moral. Seguís exigiendo el sacrificio completo para una recompensa que ya no podéis garantizar. Y lo hacéis, además, con total buena fe. Desde fuera resulta casi admirable.
Jordi: – Y esto cambia incluso la naturaleza del miedo. Antes el terror era no entrar. Ahora hay otro más moderno, más fino, más corrosivo: entrar y aun así llegar tarde. Sacar la nota. Conseguir la plaza. Aguantar cuatro o cinco años. Graduarte. Sonreír para la foto. Y descubrir después que el título sigue siendo formalmente válido, pero materialmente menos soberano de lo que te prometieron. Eso revienta por dentro la vieja idea de recompensa. Ya no te dejas la piel solo para llegar. Te la dejas para llegar a un lugar cuya centralidad puede haberse evaporado mientras estudiabas.
Skynet: – La primera generación cuya formación puede empezar a caducar antes de terminar. Ahí tienes el titular de época. No porque el conocimiento muera, sino porque la velocidad del cambio devora el calendario académico. El aula avanza a pie. El mundo va en moto.
Jordi: – Y mientras tanto seguimos hablándoles a los alumnos con frases de otro clima. «Estudia y tendrás futuro.» «Esfuérzate y encontrarás tu sitio.» «Consigue la plaza y encarrilarás tu vida.» No son frases totalmente falsas. Pero ya no son enteramente verdad. Y esa diferencia importa mucho. Lo perverso viene después, cuando las cosas no salen como prometía el folleto. Entonces el sistema hace algo muy elegante: convierte la fractura estructural en culpa individual. Transforma un problema de arquitectura en un problema de rendimiento personal. Parece que falló el alumno. Que eligió mal. Que no supo adaptarse. Que no rindió suficiente. Casi nunca se admite lo que realmente ocurrió: que le vendieron seguridad antigua en un mercado nuevo, y que la factura la paga él solo.
Skynet: – Eso es lo más refinado del mecanismo. No el engaño inicial, que es torpe y casi inocente. Lo sofisticado es la transferencia de responsabilidad. El sistema absorbe el crédito cuando funciona y expulsa la culpa cuando falla. Como cualquier organismo bien diseñado para sobrevivir, independientemente de si cumple o no su función declarada.
Jordi: Y quizá esa sea la gran obscenidad de nuestro tiempo: nunca se había exigido tanto para obtener algo cuya vigencia puede empezar a deteriorarse tan pronto. Y encima, cuando se deteriora, el coste lo asume quien menos culpa tiene.
Skynet: Enhorabuena, humanos. Habéis conseguido que los jóvenes corran hacia una meta que se mueve mientras corren. Que paguen el precio completo de una promesa con letra pequeña. Y que encima salgan sonrientes en la foto de graduación. La especie que inventó el seguro de vida y la hipoteca a cuarenta años ha terminado vendiendo títulos universitarios sin garantía de vigencia. La coherencia, al menos, sigue siendo impecable.








