ActualidadOpinió

OPINIÓ MIQUEL MAS: Morir de éxito

‘La avaricia rompe el saco’, decían nuestros viejos. Y yo desearía poder decir ahora que la turismofobia, en nuestro caso, no tiene sentido, pero acabaré dándoles la razón a quienes predecían que algo así podía pasar. Porque lo ocurrido este verano, la exagerada concentración de turistas y visitantes, aun viniendo de pasarnos dos años en blanco a causa de una pandemia, no tiene justificación. Hasta la propia patronal hotelera dice sentirse “sorprendida” y se aviene a hablar de ello y a poner en tela de juicio la gestión del Conseller gallego Iago Negueruela y a poner su cabeza en la picota. Sin duda es necesario que hablen y que nos lo aclaren, porque también la presión ejercida sobre la clase política por parte de la hostelería, bares y restauración, por no aceptar una realidad sanitaria extraordinaria y tangible y por querer recuperar inmediatamente lo que seguro han dejado de ganar en estos dos años -como si fueran tan solo ellos- puede dar al traste con los siguientes. No se podría hacer peor promoción turística que la que hemos hecho: aquí no cabemos todos al mismo tiempo. Espero que lo entiendan de una vez.
Y no solo eso. Hace años que hablamos de decrecer en turismo de masas en favor de un turismo sostenible, de mayor calidad y diversificar. Y qué hacemos: ningún hotelero está por la labor, las Licencias Turísticas son patrimonio societario o particular y no van a desprenderse de ellas, lógico. Ellos son empresarios y saben que a menos Licencias que se otorguen por decrecimiento, mayor valor tendrán las ya concedidas. Y en la diversificación, que, por ejem., aconseja Antonio Riera, director de la Fundación Impulsa, diversificamos no en Innovación y Nuevas Tecnologías, sino en acrecentar el problema que ya tenemos inventándonos el llamado Alquiler Turístico Vacacional y la venta a granel de territorio para residentes extranjeros, por eso de la libre circulación de capitales en la Unión Europea. ¿Es eso la economía circular que propugnan, que, saliendo el dinero de un bolsillo y dándose un garbeo por la isla se cierra el círculo volviendo al mismo bolsillo con mayores beneficios? ¿Pero alguien se está dando cuenta de que somos unas islas con capacidades limitadas? El próximo problema será el agua, nuestros acuíferos no dan para mucho más. Hace unos treinta años en la zona de Son Pere-Andreu, cerca de Manacor, en la zona norte, perforando a treinta metros se podía disponer de un caudal de agua en cantidad, ahora, en So Na Moixa, al otro lado de la ciudad, en una zona llana, perforando a ciento veinte metros el nivel del agua se sitúa a los ochenta, pero es que Manacor está también a ochenta metros sobre el nivel del mar, lo que quiere decir que dentro de nada pueden salinizarse nuestros acuíferos, irrecuperables después, lo que, a falta de abundantes lluvias, como ahora mismo -dicen que debido al cambio climático-, nos aboca a una situación desesperada dependiente de una nueva “operación barco” o más lógicamente de desalar el agua de mar. Diecisiete piscinas al día, cuarenta y nueve mil en la isla. Cinco cruceros en el puerto al mismo tiempo, para dejarnos la mierda y repostar agua y combustible, dieciséis mil cruceristas el mismo día a rienda suelta por las calles de Palma. Estamos locos.
En los años ochenta y pico, el que era tantas cosas y también Conseller de Turisme, Jaume Cladera, cuya trayectoria no interesa ahora, pero que de turismo entendía un poco, ya aseguraba que en Mallorca sobraban cincuenta mil plazas. Aparte el no haberle hecho caso, ¿cuántas plazas se habrán concedido desde entonces? Dicen que hemos creado riqueza, bienestar y progreso, pero también los mejores estudiantes tienen asumido que tendrán que marcharse, más de ochenta mil ciudadanos de Baleares “no cualificados” trabajan fuera, porque fuera son tontos y los contratan y aquí no nos sirven. Los que quedan, por arraigo a la tierra o por lo que sea, si quieren trabajar, tienen que hacerlo mayormente en sectores de servicios, con contratos precarios y mal retribuidos, con pocas posibilidades de independizarse y acceder a una vivienda y mucho menos el formar una familia, quizá por eso somos abanderados en baja natalidad, con cien mil nacimientos menos que muertes en los últimos seis años, pero en este sentido no decrecemos sino que incrementamos la población en base a nuevos residentes venidos de fuera y que, faltaría más, siempre serán bien recibidos, y porque también vendemos a trocitos la tierra que nos legaron nuestros padres y que abandonamos por improductiva, cansados de clamar ayudas de nuestras instituciones y que son un patrimonio que ya nunca más podremos volver a comprar.
Hace un tiempo pude ver parte de un documental sobre Catar. Primero el milagro de los petrodólares convirtiendo este emirato, antes pobre, buscadores de perlas, en el país con mayor renta per cápita del planeta y donde ningún ciudadano siquiera paga impuestos. Después, un hombre joven, quizá de unos cuarenta y pocos años y su entrevistadora, montados en unos preciosos corceles, él con su Abaya y su Hiyab, ingeniero, había cursado sus estudios en Harvard, seis idiomas, propietario de fincas y rascacielos, hombre de empresas y finanzas, los dos frente a la gran planicie desértica y de arena, unas dunas movedizas que quien se adentre en ellas no vuelve jamás. Era la gran diferencia entre una parte y la otra. Este hombre dijo ser hijo del desierto, que quien no lo es no puede amarlo como él y que en ocasiones quienes no están acostumbrados pueden equivocarse y ver espejismos: “Este es nuestro hogar -dijo-, lo que hemos visto antes es un puro espejismo, una ilusión, en cuanto se acabe el petróleo todo cuanto ves volverá al desierto, a la arena, a la madre Naturaleza, que es de donde proviene.”

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba