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OPINIÓN MIQUEL MAS: Mejor dejarlo

Abundando en lo que dice Gabriel Veny en el “Sin Rodeos” del 8 de enero pasado sobre las referencias a personas ya fallecidas y que no pueden replicar las aseveraciones del escrito de Joan Llodrà en esta misma Revista, tan solo decir que, si bien eran todos los que estaban, no están todos los que son actualmente.
Ya en 1978, un joven Santiago Miró, publicaba un librito que titulaba “Caciquismo y corrupciones municipales en las islas”. El prologuista, Pere Bosch, dice: “Desconozco si en estas páginas está la Verdad Absoluta. Personalmente, me inclino a pensar que no. La Verdad Absoluta es un desiderátum inalcanzable y solo un fascista -de derechas o de izquierdas- puede llegar a pensar alguna vez que Toda la Verdad ha sido reservada para él, exclusivamente.” “El libro es triste, irritante, punzante. Pero también es alegre y optimista por obra y gracia de su elemental existir. Que un mallorquín joven pueda publicar cosas como las que se publican aquí es, en si mismo, un testimonio de que las cosas -con lentitud, a veces con desesperante lentitud- empiezan a cambiar.” “En el libro figuran como acusados personas con nombre y apellidos…”. El librito en cuestión ocasionó en su momento un pequeño terremoto. Al fin alguien tenía el coraje de levantar las alfombras. En el capítulo dedicado a Manacor, el confidente y colaborador de Santiago Miró fue precisamente Jaume Llodrá -el tío de su sobrino Jaume Asens i Llodrà-, enrabietado con Carlos de Meer por cargarse a Pedro Galmés, para colocar a Rafael Muntaner, ya por siempre su eterno enemigo.
A la palabra Tahúr la asociaba, no sé por qué, a un jugador de cartas tramposo, en una película del Oeste americano, navegando por el Misisipi, hasta que un día Alfonso Guerra dijo de Adolfo Suárez que también lo era. Así también lo publicó la revista Interviú, en aquel entonces la madre de todas las revistas.
En una cena, a la que habíamos sido invitados por Don Pep (Meliá), tenía que acudir Adolfo Suárez. Fueron a esperarle Don Pep, un hotelero de las Playas de Muro y un concejal de Sant Llorenç. Llegó sobre las doce, de incógnito, a cenar con nosotros y unos cuantos más y marcharse nuevamente a Madrid. Naturalmente hablamos de cosas… y ciertamente me dio la sensación de que si no era un tahúr, debía ser un encantador de serpientes. Pero recuerdo especialmente una cosa que viene a cuento del tema que estamos tratando: un invitado, ingenuo como yo, le preguntó al presidente cómo debía comportarse un político honesto para no acabar salpicado por la corrupción, a lo que Suárez contestó sonriente que: “… esto es igual que nadar en un mar de mierda y salirse limpio.”


La corrupción en este país viene de lejos y no lo hemos superado todavía. Para situarnos más cerca en el tiempo, podríamos hablar de la época de nuestros abuelos y de las guerras coloniales en que por unas miles de pesetas, a través del tráfico de influencias entre el funcionariado, podías librar a un hijo de marchar a la guerra de Cuba y Filipinas. Así lo cuenta Pere Morey i Servera en su novela: “El sol mai no es pon… sobre els meus fills.” Y Sebastià Alzamora en “Reis del món” recrea en un episodio las peripecias donde un espabilado mallorquín de Santa Margalida trafica vendiéndole armas de fabricación española a Abd el-Crim, funcionario traductor en la Oficina Central de Tropas, y a la vez líder de la insurrección marroquí, que costó tantas vidas al propio ejército que le facilitaba armas y aprovisionamiento sobornando a altos cargos militares.
Estamos en lo nuestro, que es la aprobación del Plan General de Ordenación Urbana y en que la culpa de no aprobarlo antes ha sido siempre de los otros. Como si los corruptos tuvieran color. Si hablamos de especulación urbanística encontramos a los mismos propietarios en los mismos solares; si hablamos de tráfico de influencias, a los mismos funcionarios. Puede cambiar un equipo de gobierno y pueden cambiar los cargos políticos nombrados a dedo, pero en todas partes encontramos los mismos tahúres y jugadores de ventaja que ya han cuidado de contentar proporcionalmente a todos los partidos, -aquí o en la sede central-, como mínimo en sus campañas electorales, mediante sus aportaciones desinteresadas.
Todos, y digo todos, están metidos en el ajo. Y, quién diga estar libre de culpa que tire la primera piedra. O, casi mejor dejarlo.

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