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“La crisis de la vivienda está llevando a una situación de extrema vulnerabilidad a personas que nunca habríamos identificado con el perfil del sinhogarismo”
Cada mes de septiembre, la directora de la Fundació Trobada, Noelia Hernández, repasa con Manacor Comarcal lo que ha dado de sí el último año para el albergue manacorí. A medida que pasa el tiempo, los encuentros con nuestra entrevistada muestran a las claras una tendencia cada vez más preocupante, y es como la Fundació Trobada se ha convertido en la entidad que mejor conoce un problema cada vez más acuciante, como es la emergencia habitacional en el municipio manacorí y el conjunto de las Islas. De esto y mucho más hablamos con Noelia Hernández, en una entrevista que llega días después del descubrimiento de una infravivienda en Manacor y del trágico desahucio de Mari Carmen en Madrid.
- El año pasado nos encontramos justo cuando se descubrieron once infraviviendas en Manacor, y un año después, en estas mismas fechas, se ha descubierto otra infravivienda de 200 metros en la que llegaron a convivir 30 personas. ¿Cómo reaccionaste a esta noticia?
- Lo primero que sientes es preocupación, pero tengo que decir que, desgraciadamente, no me sorprendió demasiado. Quizá porque desde Fundació Trobada vemos una parte de la realidad que normalmente permanece bastante escondida. Tendemos a identificar el sinhogarismo con la persona que duerme en la calle, y esa es solo su cara más visible. Hay personas que tienen un techo y, sin embargo, viven en condiciones que difícilmente podemos considerar como dignas. Esta noticia, más que hacerme pensar en cómo podía haber treinta personas viviendo allí, me hizo reflexionar sobre todo lo que ha ocurrido antes para que treinta personas no hayan encontrado una alternativa mejor. La infravivienda no crea el problema, lo hace visible. La calle es, muchas veces, el final de un proceso de exclusión social que ha comenzado mucho antes.
- Ante noticias como esta, uno imagina que la Fundació Trobada sigue trabajando a tope. ¿Tenéis todas las plazas ocupadas?
- Sí. Actualmente tenemos veinticinco plazas y todas ellas están ocupadas. De hecho, trabajamos prácticamente de manera permanente con una ocupación completa. Pero el dato importante no es solo que el albergue esté lleno, sino que detrás de esas veinticinco plazas hay otras personas para las que ahora mismo no tenemos una respuesta residencial inmediata.
- ¿Y la lista de espera, de cuánto es ahora?
- Ahora mismo tenemos alrededor de treinta personas en lista de espera. Es decir, hay más personas esperando una plaza que personas alojadas actualmente en el centro, y creo que ese dato ayuda a dimensionar bastante bien la situación. Hemos llegado a tener cincuenta personas en lista de espera. Además, una lista de espera en una situación así no es como la de cualquier otro servicio: hablamos de personas que necesitan una alternativa habitacional. Intentamos valorar cada situación y buscar respuestas, pero nuestra capacidad es limitada. Por otro lado, también sería un error concluir que si hay treinta personas esperando, la solución es únicamente crear más plazas de albergue. Los recursos de alojamiento son necesarios, pero debemos trabajar para que las personas puedan salir de ellos y acceder a soluciones residenciales estables. Si no, corremos el riesgo de gestionar el sinhogarismo en lugar de combatirlo.
- ¿Cómo sobrelleváis este nivel de trabajo?
- Es un trabajo intenso, no solamente por el volumen, sino porque acompañamos situaciones personales muy complejas y cada persona necesita una respuesta diferente. Detrás de una plaza no hay solo una necesidad de alojamiento: puede haber problemas de salud, dificultades económicas, administrativas, laborales, familiares o de acceso a una vivienda, y normalmente varias de estas circunstancias se dan a la vez. Tenemos la suerte de contar con un equipo muy implicado y profesional, y eso es fundamental. Intentamos trabajar desde el acompañamiento, no solamente desde la cobertura de necesidades básicas. Nuestro objetivo no es que una persona tenga una cama en el albergue, sino que llegue un momento en que ya no necesite esa cama. Por otro lado, es evidente que trabajar diariamente con situaciones de tanta vulnerabilidad también tiene un impacto en los profesionales. Por eso es importante cuidar los equipos, coordinarnos, compartir las situaciones complejas y recordar que podemos acompañar procesos, pero no resolver individualmente problemas que son estructurales.
- ¿Cuántos voluntarios trabajan actualmente en la Fundació Trobada?
- El número de personas voluntarias es variable, porque intentamos adaptar el voluntariado a las necesidades que van surgiendo en el centro. Hay personas que colaboran realizando acompañamientos concretos y otras que aportan sus conocimientos impartiendo talleres o desarrollando actividades con las personas residentes. Para nosotros es importante que el voluntariado tenga un sentido dentro del proceso de acompañamiento. No se trata tanto de alcanzar una cifra determinada como de conectar a personas que quieren aportar con necesidades reales de las personas que atendemos. Además, genera espacios de relación entre personas que, quizá, en otros contextos nunca se habrían dado.
- ¿En qué aspectos el perfil mayoritario de los usuarios se mantiene igual que el año pasado y en cuáles se diferencia?
- Cada vez es más difícil hablar de un único perfil de persona sin hogar. De hecho, una de las cosas que estamos observando es que el concepto de exclusion e inclusión social se está ampliando muchísimo. La situación de la vivienda en Mallorca está llevando a una situación de extrema vulnerabilidad a personas que quizá nunca habríamos identificado con el perfil tradicional de sinhogarismo y que jamás habríamos pensado que llegaran a nuestro centro. Cuando alguien no puede acceder a una vivienda, todo lo demás empieza a tambalearse: resulta mucho más difícil mantener un trabajo, cuidarse, sostener relaciones personales o, simplemente, organizar una vida cotidiana. A veces asociamos automáticamente el sinhogarismo con problemas de salud mental, adicciones u otras dificultades, cuando la relación no tiene por qué producirse en esa dirección. No siempre una persona pierde su vivienda porque tenga otros problemas; a veces es la pérdida de vivienda la que acaba generando o agravando esos problemas.
- Tan solo hay que pensar en Mari Carmen, la mujer de 87 años que fue desahuciada en Madrid hace unos días…
- Exacto. Asimismo, también me preocupa cada vez más la estigmatización social de las personas vulnerables. Vivimos un momento de mucha polarización y de discursos simplificados, especialmente en redes sociales, donde problemas enormemente complejos se reducen a colectivos, nacionalidades o etiquetas. Eso no es inocuo: cuando una sociedad empieza a mirar a determinadas personas como un problema, añade obstáculos y agravan la situación para que puedan acceder a una habitación, a un empleo, a relaciones comunitarias y a una red social. Si a la exclusión económica y residencial añadimos exclusión social y estigma, cerramos todavía más las puertas de salida. Por eso nuestro trabajo no puede limitarse a atender a quienes llegan al recurso; también necesitamos sensibilizar y concienciar. Combatir el sinhogarismo significa también cambiar la manera en que miramos a las personas que lo están viviendo.
- ¿Se ha producido alguna novedad a lo largo de este año en la relación entre la Fundació Trobada y el Ajuntament?
- No destacaría ninguna novedad concreta. Mantenemos la voluntad de que exista una buena coordinación con el Ayuntamiento, especialmente porque trabajamos con situaciones que requieren la implicación de diferentes recursos y servicios. Para nosotros es importante mantener abiertos esos canales de comunicación y seguir trabajando conjuntamente cuando las situaciones lo requieren.
- ¿Hay proyectos propios que quieras destacar, se hayan implementado ya, estén ahora en funcionamiento o estén aún por hacerse?
- Este año hemos puesto en marcha dos iniciativas propias que son importantes. Una de ellas es la UMA (Unidad Móvil del Albergue), un proyecto propio de la Fundació Trobada que hemos iniciado con la colaboración de la Fundación La Caixa. La UMA nos permite hacer seguimiento de las personas en lista de espera, valorar y detectar situaciones de especial vulnerabilidad y acercarnos a personas que viven en la calle, en infraviviendas o en condiciones residenciales muy precarias. Así no perdemos el contacto con una persona simplemente porque en ese momento no tengamos una plaza que ofrecerle. Podemos conocer su situación, hacer seguimiento y atender algunas necesidades básicas mediante kits de asistencia, alimentación u otros apoyos. Que no tengamos una cama disponible no significa que no podamos hacer nada. Además, hemos iniciado de manera muy modesta un pequeño proyecto de comedor social, también financiado con fondos privados. Ofrecemos algunas plazas de comedor a personas que no residen en el albergue, pero que se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad y, por sus condiciones residenciales, no disponen de un lugar adecuado donde cocinar. Son proyectos todavía pequeños, pero responden a lo que estamos observando: la vulnerabilidad no empieza ni termina en la puerta del albergue. Necesitamos intervenir antes, durante los periodos de espera y en situaciones en las que quizá una persona no necesita una plaza residencial, pero sí ciertos apoyos para evitar que su situación se deteriore.
- ¿Quieres añadir algo más?
- Me gustaría que, cuando hablamos de sinhogarismo, no nos quedáramos únicamente con su parte más visible. Una persona no se convierte en persona sin hogar el día que duerme por primera vez en la calle. Hay un proceso previo de pérdida de vivienda, precariedad, inseguridad y ruptura de redes que muchas veces no vemos. Ahora tenemos un reto especialmente importante con la vivienda. Sin una vivienda digna es muy difícil construir o reconstruir el resto de una vida. Pero, además de las respuestas institucionales y sociales, hay algo que depende de todos nosotros: cómo miramos a las personas que atraviesan estas situaciones. Me preocupa que, en un momento de tanta polarización, acabemos buscando explicaciones simples y culpables para problemas muy complejos. Cuando añadimos estigma a una situación de exclusión, todavía hacemos más difícil salir de ella. Desde Fundació Trobada podemos ofrecer alojamiento, acompañamiento y alimentación, o salir a la calle con la UMA, pero para que una persona pueda reconstruir realmente su vida necesita también volver a sentirse parte de una comunidad. Al final, combatir el sinhogarismo no consiste solamente en conseguir que alguien deje de dormir en la calle. Consiste en conseguir que vuelva a tener un lugar en el que construir una vida.








