
65 años de “El Pino” de Porto Cristo
La muerte de Jeroni Capó Martí, “l’amo del Pino”, el pasado día 2 de este mes de septiembre en Porto Cristo, despertó en mí unos recuerdos de juventud que me trasladaron a aquel peculiar establecimiento de restauración atendido por una persona, cuando menos un tanto singular, por su individual carácter y comportamiento a la hora de atender a sus clientes. El lugar era “El Pino” y el personaje, “En Jeroni”.
Aquellos buenos recuerdos de juventud han despertado mi curiosidad para conocer la historia de aquel establecimiento que hoy todavía perdura custodiado por el viejo y gigantesco pino que seguramente lo vio nacer, allá en la esquina junto al Riuet.
Mi curiosidad se ha visto complacida, simplemente hurgando en la hemeroteca de la revista Porto Cristo, fuente de información suficiente para elaborar el presente reportaje, que al mismo tiempo que deja constancia de la historia del emblemático establecimiento, deseo que sirva para recordar a una de tantas personas que, con sus iniciativas, contribuyeron al levantamiento de aquel Porto Cristo de los inicios del turismo. En este caso, Jeroni del Pino.


El lugar donde empezaba la noche
Hay establecimientos que, con el paso de los años, dejan de ser simplemente un bar o un restaurante para convertirse en parte de la memoria colectiva de un pueblo. El Pino de Porto Cristo es uno de ellos. Su historia está íntimamente relacionada con una etapa fundamental de la evolución de Porto Cristo: aquellos años en los que la antigua población marinera comenzaba a descubrir las posibilidades del turismo y el ambiente de la localidad cambiaba rápidamente.
La historia documentada de El Pino comienza en 1961, se cumplen ahora 65 años de una historia cuyos orígenes explicó años después su fundador, Jerónimo Capó Martí, en una extensa entrevista publicada en la revista Porto Cristo en 1987. Capó relataba que hasta entonces había trabajado en el campo, pero buscaba una actividad diferente ya que veía pocas posibilidades de futuro en la agricultura. Su hijo había llegado a la edad de trabajar y pensó que abrir un establecimiento podía solucionar aquella situación familiar.
El primer local se instaló sobre un solar propiedad de la familia y, según recordaba Capó, su estructura era aproximadamente tres veces más pequeña que la que tendría posteriormente. Los primeros clientes fueron, principalmente, personas que pasaban por Porto Cristo camino de las Cuevas del Drach, uno de los grandes atractivos que empezaban a atraer visitantes a la localidad. Pero muy pronto “El Pino” adquirió otra función.
Con la llegada de los años sesenta apareció una nueva clientela juvenil. Capó recordaba especialmente a los llamados “picadors”, jóvenes que utilizaban el establecimiento como punto de reunión antes de continuar la noche en busca de alguna aventura amorosa o similar en los bares de copas y música o hoteles de la zona.
El Pino se convirtió así en un lugar donde se encontraban amigos, se hacían planes y se iniciaban nuevas relaciones. Aquella actividad contribuyó a que el nombre del establecimiento empezara a ser conocido mucho más allá de su clientela habitual.
No era todavía el Porto Cristo turístico de décadas posteriores. Era un pueblo que comenzaba a descubrir una nueva manera de relacionarse con los visitantes y también una nueva forma de diversión.


El vino de 15 pesetas
Ante aquel agradable ambiente, Jerónimo Capó demostró tener una considerable intuición comercial. Para atraer a los turistas colocó en la puerta del establecimiento un cartel escrito en varios idiomas en el que anunciaba vino por 15 pesetas. La fórmula tuvo éxito. La bebida atrajo clientes y, como explicaba el propio Capó, después de beber llegaba el hambre. Aquella circunstancia llevó a ampliar progresivamente la oferta y comenzaron a servirse hamburguesas, pollos, patatas y otros alimentos. Con el tiempo, la comida acabaría siendo una de las características más reconocibles de El Pino.
La anécdota del vino resume perfectamente el espíritu de aquellos primeros años: iniciativa, improvisación y capacidad para adaptarse a las nuevas necesidades de una clientela que estaba cambiando.
Un turismo diferente
En la entrevista de 1987, publicada en la revista Porto Cristo, Capó recordaba también cómo eran aquellos primeros visitantes. A su juicio, el turista de aquellos años tenía una posición económica diferente y encontraba en Mallorca un territorio todavía relativamente desconocido. España resultaba barata para muchos extranjeros y, según su recuerdo, existía menos prisa que posteriormente. Los visitantes descubrían una Mallorca distinta de sus lugares de origen: las costumbres, las personas, la cultura popular y una manera de vivir que todavía conservaba buena parte de su carácter tradicional.
El Pino fue uno de los lugares donde se produjo ese contacto cotidiano entre los habitantes de Porto Cristo y los visitantes extranjeros.
Los primeros locales de ocio
El Pino no estaba solo, pues en la misma zona proliferaron otros establecimientos de ocio y fiesta. La propia memoria de Jerónimo Capó permite reconstruir el ambiente de aquellos años. Mencionaba establecimientos como Siroco, Mini-Golf, Flamingo, Bábaras y Saboga, cada uno con su propio público y su propio momento dentro de la vida nocturna de Porto Cristo.
Otra crónica histórica sobre la localidad recuerda que el Mini-Golf fue uno de los puntos de partida de los primeros bares de la zona conocida actualmente como Es Carreró, entre ellos El Pino, Burro Bar, Ven y Ven y Eolo. Aquella concentración de pequeños establecimientos ayudó a crear una nueva zona de encuentro para jóvenes mallorquines y extranjeros. Porto Cristo estaba cambiando.
Jeroni Capó, personaje de una época
Con el paso del tiempo, Jeroni Capó quedó asociado inseparablemente a El Pino. Juan Moratille, en su obra Porto Cristo, entre ayer y mañana, lo recordaría como “un personaje de gran personalidad”, describiéndolo de manera muy expresiva como “medio Séneca, medio Diógenes”.
La referencia no es casual. Capó no era únicamente el propietario de un establecimiento, también era un hombre de conversación, capaz de relacionarse con una clientela joven y de convertir las tertulias del bar en auténticos espacios de intercambio de ideas.


El Pino en los años setenta
La presencia de El Pino continuó consolidándose durante los años setenta. Una Guía Gastronómica de 1977 publicada por Perlas y Cuevas incluye expresamente Bar Pino entre los establecimientos de Porto Cristo y lo sitúa en el entorno del Riuet, junto a otros puntos conocidos de la zona. Esta referencia es importante porque demuestra que, dieciséis años después de su inauguración, El Pino no había desaparecido con la primera generación de locales turísticos, sino que seguía formando parte de la oferta hostelera reconocible de Porto Cristo.
Los años noventa: una memoria que continúa
La documentación de los primeros años de los noventa permite comprobar que El Pino seguía activo y manteniendo una identidad propia. Los anuncios publicados en la revista Porto Cristo presentan una amplia oferta gastronómica, con carnes, pescados y diferentes especialidades, además de comidas por encargo. Uno de los anuncios destacaba incluso que el establecimiento no cerraba en invierno, una circunstancia que demuestra hasta qué punto había dejado de ser un simple negocio estrictamente estacional. La publicidad también permite observar cómo la oferta inicial de hamburguesas y comidas sencillas había evolucionado con el propio establecimiento.
El Pino y el Riuet
La situación de El Pino junto al Riuet tuvo una importancia especial, pues el establecimiento quedó integrado en uno de los espacios más característicos de Porto Cristo, donde convivían bares, restaurantes, comercios, visitantes y vecinos. Incluso en 1993, cuando se discutían proyectos de modificación de los accesos y de construcción de un puente elevado, la prensa mencionaba expresamente el Bar Pino junto al quiosco del Riuet y el Saboga. Aquella referencia demuestra que El Pino continuaba siendo un punto perfectamente reconocible dentro de la geografía urbana y turística de Porto Cristo.
Mucho más que un bar
La historia de El Pino puede parecer, a primera vista, la historia de un establecimiento hostelero. Pero si se observa con perspectiva, representa algo mucho más importante.
El Pino, como queda dicho, nació en 1961, precisamente cuando Porto Cristo empezaba a experimentar una profunda transformación. Por su puerta pasaron trabajadores, jóvenes de la localidad, turistas que acudían a las Cuevas del Drach y varias generaciones que encontraron allí un lugar donde comer, beber, conversar y comenzar una noche de diversión.
Su historia está hecha de pequeñas cosas: un cartel de vino a 15 pesetas, unas hamburguesas, unos pollos, unas patatas, las tertulias de Jeroni Capó, los jóvenes que “calentaban motores” antes de salir, las parejas que iniciaban romances en torno a una mesa y los turistas que descubrían una Mallorca todavía muy diferente. Pero precisamente esas pequeñas cosas son las que construyen la memoria de un pueblo.
Un testigo del despertar turístico
Porto Cristo cambió. Cambió su economía, cambió su paisaje, cambió la relación con los visitantes y cambió también la forma de divertirse de sus habitantes. El Pino estuvo allí desde el principio. Por eso su historia merece ser conservada. No solamente porque fue uno de los establecimientos pioneros de aquella nueva etapa turística, sino porque fue también un lugar de encuentro donde se cruzaron varias generaciones de porteños y visitantes. El Pino fue, en definitiva, testigo y protagonista del despertar turístico de Porto Cristo.
Y detrás de aquel nombre permaneció durante años la figura de Jeroni Capó, un hombre que supo entender que, para que un bar tuviera vida, no bastaban una barra, unas mesas y unas bebidas. Hacían falta personas. Y El Pino las tuvo.
El Pino de hoy
Tras la jubilación de Jeroni, El Pino continuó y continúa presidiendo aquella esquina cercana al Riuet y en su interior continúa la actividad que hace 65 años inició su fundador. Ahora opera como restaurante que se anuncia como “Torrador-Grill”.
Sus paredes permanecen como testigos mudos de unos tiempos y un ambiente que marcaron el despertar turístico de un Porto Cristo que emergía con una identidad que la hizo diferente a otras zonas veraniegas que fueron proliferando en todo el litoral mallorquín.










