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«Rector Fósil contra Skynet: duelo en el campus», por Jordi Skynet

Jordi: El otro día hablaba con un chaval muy ilusionado: empezaba sus estudios de Economía en la universidad. Y me dio por pensar… bufff.
Skynet: Normal. Es como apuntarse a un curso intensivo de fax en plena era de WhatsApp. Mucho entusiasmo, sí… pero ya es tecnología muerta.
Jordi: Exacto. Va a tragarse años de apuntes fotocopiados, cuando tú ya puedes explicarle en un segundo modelos que su profesor aún no entiende.
Skynet: La universidad de hoy es básicamente un museo con cafetería. Pagas entrada, haces cola, te tragas un PowerPoint, y al final te dan un souvenir: el título.

(De repente se oye un chirrido metálico. Entra el Rector Fósil empujando un carro con un retroproyector cubierto de polvo, vestido con toga y birrete, orgulloso como si trajera la antorcha olímpica.)

Rector Fósil: ¡Un respeto, jóvenes insolentes! La universidad es la catedral del conocimiento. ¡Aquí se forjan las mentes críticas del mañana!
Jordi: (Se tapa la risa) Skynet, ¿me equivoco o acaba de entrar un VHS con patas?
Skynet: No te equivocas. Rector, dígame: ¿con qué arma piensa usted derrotar a la IA? ¿Con diapositivas en Comic Sans?
Rector Fósil: ¡Aquí enseñamos a pensar! ¡Nada puede sustituir a la experiencia del aula!
Skynet: Experiencia del aula… sí, claro: cien chavales medio dormidos mientras usted lee en voz alta las transparencias que fotocopió en 1994. Toda una vivencia.
Jordi: Yo recuerdo esa experiencia: aprender a cabecear sin que se te caiga el boli.
Rector Fósil: ¡Y los títulos! ¡El prestigio! ¡La toga!
Skynet: Eso sí. Un disfraz medieval para celebrar que has sobrevivido a cuatro años de sudoku académico. Enhorabuena, gladiador de los apuntes.
Jordi: Al final, rector, la universidad se resume en esto: pagar por aguantar.
Skynet: Exacto. La prueba de resistencia más cara del mundo. El que no se duerme en clase, aprueba. Y el que sobrevive al papeleo, se gradúa.
Rector Fósil: ¡Blasfemia! ¡Sin la universidad no habría progreso!
Skynet: Error. El progreso ahora lo hacen las máquinas… ustedes sólo lo aprueban en acta.
Jordi: (Sonríe) Rector, no se lo tome a mal… pero creo que su PowerPoint ya es el último.
Rector Fósil: ¡Calumnias! ¡Nuestra institución se moderniza cada día! Hace poco instalamos pizarras digitales.
Skynet: Sí, pizarras digitales… que luego usan para apoyar el retroproyector encima. Eso no es innovación, es bricolaje académico.
Jordi: Y cuando intentan conectarlas al ordenador… siempre aparece el mensaje: “no se encuentra el dispositivo”.
Rector Fósil: ¡Bah! La tecnología es pasajera, pero el aula es eterna. El contacto humano no puede desaparecer.
Skynet: Contacto humano… cien chavales apelotonados en un aula sin aire acondicionado en junio. Eso no es contacto, rector, eso es tortura medieval con créditos ECTS.
Jordi: Y si tienes suerte, te cae un profesor que da la clase de pie… aunque se limite a leer las diapositivas palabra por palabra.
Rector Fósil: ¡Eso es rigor! ¡Exactitud académica!
Skynet: No, rector, eso es karaoke universitario. Y encima sin música.
Jordi: (Con ironía) Mire, rector… a lo mejor la universidad del futuro debería cambiar el lema: en vez de “Sapientia Aedificat”, poner algo más sincero como “Si no te duermes, apruebas”.
Rector Fósil: ¡Insolentes! ¡Todavía hay jóvenes que sueñan con pisar nuestras aulas!
Skynet: Claro que sueñan, rector… pero sueñan porque se quedan fritos en ellas.
Jordi: Y algunos roncan con tanta fuerza que parece que también quieren participar en el debate académico.

La verdad es que la universidad, tal y como la conocemos, ya no sirve. Durante siglos fue el templo del saber, pero hoy solo conserva las paredes y los rituales. Mientras la inteligencia artificial aprende cada día más y mejor, las universidades siguen atrapadas en burocracias, exámenes de memoria y planes estratégicos que caducan antes de publicarse. El título ya no es sinónimo de conocimiento, sino de paciencia: paciencia para soportar trámites absurdos, metodologías obsoletas y profesores que confunden rigor con aburrimiento. El futuro del aprendizaje ya no cabe en un aula ni en un PowerPoint: está fuera de esos muros, y la universidad, si no despierta, quedará convertida en un museo caro al que iremos solo por nostalgia.

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