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OPINIÓ MIQUEL MAS: Decrecer

En principio y sin que sirva de precedente, coincido con Germà Ventanyol cuando dice desde su punto de vista que la enmienda incorporada a la futura ley turística permite albergar esperanzas de que, en ocasiones, desde las instituciones se gobierna con los pies en el suelo. Se refiere a que el dar una salida a la oferta hotelera obsoleta era una opción que, hasta ahora, nadie había tomado en consideración, pero siempre será mejor un hotel reconvertido en viviendas que un edificio desvencijado y cochambroso que no interesa a nadie.
Ejemplos los hay en todas las zonas costeras. Ya en una anterior normativa en el alquiler turístico por habitaciones, hará unos treinta años, pasó a exigirse un mínimo en la superficie y en las condiciones que debían cumplirse para seguir en este mercado, y por tal motivo, se quedaron literalmente tiradas y a la intemperie infinidad de fincas de particulares, cuyo mayor pecado había sido ofertar plazas tan legales y elementales como entonces solicitaban los propios tour operadores. La mayoría de los propietarios de estas fincas se vieron en la práctica imposibilidad de rehabilitarlas para cumplir con las normas aprobadas, optando por vender sus licencias a la baja, por supuesto a los hoteleros, quienes, acumulando 100, 150, 200, o más permisos, tenían la opción de construirse nuevos hoteles por la misma capacidad y, de paso, eliminar a una competencia para ellos incómoda y desleal, porque otras razones no podía haber, ya que si se trataba de llenar de turistas la temporada, se llenaban todas año tras año.
Pero si las exigencias de entonces beneficiaban a unos debían haber pensado en el perjuicio que se ocasionaba también a otros y, para no tener que encontrarnos ahora con el desagradable espectáculo que vemos al levantar la vista en muchas calles, urge todavía una solución para la rehabilitación de estas fincas que degradan el entorno por su descuido y abandono, porque ya dejaron de ser rentables para sus propietarios, y porque no se les ha facilitado una opción de cambio de uso o de cubicaje en la edificación que les resulte ventajosa para sus intereses.


El acuerdo que han alcanzado los socialistas, el Pi y el sector hotelero, para la próxima legislatura -si es que llegan todos ellos sanos y salvos-, es de momento una declaración de intenciones y un aviso a navegantes para quienes se vean afectados por los cambios en la normativa. Es lo de siempre: el pez grande se come al más pequeño -nada más natural y ecológico-, aunque me convenzo una vez más de que Iago Negueruela es muy espabilado y también lo es Josep Melià -de casta le viene al galgo-, porque de Don Pep -su padre- creo recordar que decía algo así: “… perque pa i sobrasada no ha de faltar, però llagosta no n’hi ha per tothom!”.
En definitiva, el cambio en la normativa de la nueva ley turística indica una salida ventajosa y por lo tanto aceptable para unos hoteles obsoletos que ya deben estar fuera de circulación y por lo tanto amortizados y que hay que ventilarse como sea, y si pueden reconvertirse en pisos aunque la mitad deban ser VPO, pues enhorabuena para los propietarios y también para la zona en donde estén ubicados. Tener que subvencionar a la propiedad o el volarlos para esponjamiento sería un querer y no poder. Aunque para hablar de decrecer en plazas turísticas, -salvo que sean éstas mismas las que se eliminen por obsoletas-, ya es harina de otro costal. Ningún hotelero querrá descontar una sola plaza de sus establecimientos modernizados, y es normal, porque, en su contra, ya toda la isla, en poblaciones y en rústico, está infectada de plazas por alquiler turístico y no tendría que ser así, ya que en general no debería ser éste su cometido, y porque tal circunstancia ha conseguido agravar el acceso a la vivienda de la clase media y trabajadora. Entiendo que los pisos que puedan construirse en primera línea de mar tampoco van a ser accesibles para la mayoría y que irán destinados a segundas residencias turísticas, por eso hace falta leer la letra pequeña del acuerdo. Pero el sector hotelero comienza a darse cuenta de que no todo cuadra en sus previsiones, porque a más categoría en sus establecimientos necesitan mayor cualificación en su personal de servicios, por lo tanto deberán incrementar su salario, por mucho que Carmen Planas diga que los salarios no aumentan con el decrecimiento. A la vista está, ahora mismo, que ya necesitan mano de obra teniendo a 40.000 parados en las islas y otros que ya no se desplazarán de la península porque con lo que les ofrecemos aquí ya no pueden pagarse siquiera un alquiler.
Por añadidura, el mismo día en que se lograba un acuerdo en pos de un futuro sostenible, entraba en el puerto el mayor mega-crucero del mundo, supongo que para empezar a compensar el decrecimiento anunciado. Al final, en manos de propios y extraños, siempre hemos sido carne de cañón o moneda de cambio, y más ahora que acabamos de saber a ciencia cierta que el régimen fascista de Mussolini ya había comprado las fincas de la Albufera y Son San Martí con el propósito de ir colonizando Mallorca enviando a cien mil italianos; o que la República ofreció las islas a Hitler a cambio de que dejaran de apoyar el bando franquista. Actualmente, resulta que casi la mitad de la población balear ha nacido en la Península o en el extranjero, así que a los habitantes naturales que quedamos y que sentimos algo por la tierra, creo no nos queda otra que el derecho al pataleo y gritar como los payeses de Porreres: “¡Fora des sembrat!” a quienes se atrevan a invadir nuestra pequeña parcela particular.

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