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«875 pesetas», por Jordi Skynet

Los que nacisteis después de 2002, o incluso los que apenas teníais uso de razón por aquella época, ni sabéis lo que son las pesetas. Sí, probablemente las hayáis escuchado nombrar en alguna conversación nostálgica de vuestros padres o abuelos, pero no las habéis olido, tocado o gastado en primera persona.
Un duro eran cinco pesetas; veinte duros, un billete marrón de cien pesetas con la imagen del compositor Manuel de Falla; quinientas pesetas, un billete azul con Rosalía de Castro; mil pesetas, el mítico verde con la cara de Benito Pérez Galdós; y cinco mil pesetas, ese billete marrón elegante con el rey Juan Carlos I, símbolo máximo de poder adquisitivo por aquel entonces. La de tardes que se podían financiar con uno solo de esos billetes… Aunque, siendo sinceros, algunos ahora mismo os estaréis preguntando quiénes eran esos personajes… o no…
La cifra mágica eran esas 875 pesetas, que representaban la puerta de entrada a todo un mundo de píxeles y aventuras. Exactamente lo que costaba un cassette original -y sí, TAMPOCO tenéis ni idea de lo que era un cassette- con un juego para mi ordenador Sony HitBit MSX de 8 bits. Durante toda la semana iba rateando ese dinero que me dejaban aquí y allá, peseta a peseta, hasta conseguir el ansiado botín. Y así, los sábados por la mañana, recorría incansablemente las tiendas de Palma en busca de la última joya en cassette.
Aquellas portadas eran pura magia: ERBE, Dinamic, Ubisoft, Ocean, Konami, Imagine…, un auténtico deleite visual, obras de arte en miniatura. Debo reconocer que, con perspectiva, aquellas magníficas portadas solían ser muy superiores a su contenido, pero eso daba igual entonces. Lo importante era tenerlo, poseerlo.
Y el ritual… ¡ay, el ritual! Aquellos juegos no eran inmediatos, no existía eso de darle a «play» y listo. Había que meter la cinta en una pletina -sí, una pletina, buscadlo en Google-, teclear una serie de instrucciones en el ordenador y entonces aquella máquina del infierno empezaba a silbar, chirriar y balbucear, decodificando todo lo impreso en aquella cinta. Esos datos pasaban al ordenador, que los transformaba -con suerte- en un juego. No exagero si os digo que pasé tardes enteras sin lograr jugar a nada, solo intentando que aquello funcionase.
Ahora bien, aquellos juegos, que probablemente llevaron meses o años de desarrollo en los 80, hoy podrían realizarse en cuestión de horas con algo de HTML, JavaScript, Canvas y cuatro compiladores básicos, todo ello aderezado con la impagable ayuda de la Inteligencia Artificial. Lo que antes era magia, hoy es una tarde entretenida frente al portátil.
Imaginad cómo ha cambiado todo: en mis tiempos, la información que cabía en aquellas cintas magnéticas no ocupa hoy ni el más miserable PDF de un manual básico de programación. Lo que antes era una compleja odisea técnica, ahora se resume en unos minutos de conversación con la IA de turno y un par de tutoriales en YouTube.
Hemos cambiado los cassettes y aquellas máquinas pesadas que tardaban diez minutos en cargar un juego (y eso si no fallaba a mitad y tocaba rebobinar) por códigos ligeros que se ejecutan al instante en la pantalla de un móvil.
Y es que lo único que parece no cambiar nunca es nuestra nostalgia, esa insana costumbre de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque quizá en este caso, más que mejor, lo que fue… es simplemente más auténtico. O al menos eso pensamos los que todavía guardamos, en algún rincón perdido, aquel cassette que nos costó exactamente 875 pesetas.
Quizá lo más triste de todo es que hemos perdido el valor del esfuerzo por disfrutar. Antes, cada juego era una conquista; cada partida, una recompensa al sacrificio de ahorrar, buscar, cargar y, si había suerte, jugar. Ahora tenemos miles de juegos al alcance de un clic y no terminamos ninguno, porque cuando todo es inmediato, nada se valora. Nos sobra oferta y nos falta paciencia… y quizá por eso seguimos mirando atrás, buscando en aquellos cassettes polvorientos un poco de la ilusión que hoy se nos escapa entre notificaciones y pantallas táctiles.

P.D.: Y sí, aún conservo el cassette. Por si algún día inventan una IA capaz de entender lo que valía realmente la magia… antes de que todo se pudiera descargar en cinco segundos mientras cagabas (perdón, ¡pero es que es así!).

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