
«Nos vemos en mayo», por Jordi Skynet


La reciente DANA en Valencia ha dejado una marca profunda en nuestras vidas y en nuestros corazones. Las pérdidas humanas, los destrozos materiales y el impacto emocional que esta tragedia ha traído consigo han afectado a familias, amigos y comunidades enteras. En estos momentos de duelo, queremos expresar nuestras condolencias y solidaridad con todos aquellos que se han visto afectados. Es en estos momentos cuando nos unimos como sociedad para honrar a quienes ya no están y para dar apoyo a quienes hoy sienten el peso de esta pérdida.
Sin embargo, el impacto de la DANA no ha terminado aquí. Las consecuencias de esta devastación también se manifiestan en cómo ha cambiado nuestra percepción del riesgo y en las respuestas que estamos adoptando ante alertas meteorológicas. Desde la reciente tragedia, hemos pasado a un estado de vigilancia constante. Al activarse alertas meteorológicas, como las que emite la AEMET, que cumple con su deber de advertirnos sobre fenómenos adversos, las actividades y espacios públicos quedan cerrados o suspendidos: parques, áreas de recreo, eventos culturales y deportivos, e incluso lugares de descanso, como los cementerios, limitan su acceso ante los avisos de posibles condiciones adversas.
Para quienes vivimos y valoramos el acceso a estos espacios, esta reacción resulta drástica. Ante la activación de una alerta, actividades fundamentales para el bienestar social y la vida comunitaria se paralizan. Y nos preguntamos: ¿hemos pasado de un extremo de normalidad relativa a uno de precaución absoluta? Un hecho excepcional parece haberse convertido en un criterio generalizado, pero lo cierto es que, en condiciones normales, no siempre llueve así ni las lluvias suelen provocar daños de tal magnitud. Es comprensible y, sin duda, el primer objetivo debe ser siempre la seguridad. Sin embargo, esta nueva postura extrema también plantea una serie de interrogantes sobre el impacto que está teniendo en nuestra vida diaria.
El efecto pendular
Lo que estamos experimentando podría describirse como un “efecto pendular”. Después de una tragedia, es natural que la sociedad pase de un extremo de confianza en la normalidad a un extremo de prevención absoluta. Este movimiento brusco es una respuesta emocional y social, un intento de asegurar que nada parecido vuelva a ocurrir. Esto recuerda a la historia de Footloose, donde el pueblo de Bomont, después de la trágica pérdida de varios jóvenes en un accidente, prohibió el baile y la música para evitar futuros incidentes. La medida, aunque bien intencionada, generó una “parálisis” social que ahogó la vida y la expresión de sus habitantes, especialmente de los jóvenes, que vieron limitada su libertad en nombre de la seguridad.
Como en Footloose, estas restricciones extremas buscan proteger, pero también limitan el bienestar y la cohesión de una comunidad que necesita retomar la normalidad para sanar. Este fenómeno no es exclusivo de una actividad o ámbito específico; aplica a muchas áreas de la vida, y nos recuerda la importancia de reaccionar sin perder el equilibrio. Encontrar un punto intermedio es difícil, pero necesario, para no quedar atrapados entre el riesgo absoluto y la inmovilidad total.
Una llamada a la moderación
No se trata de restar importancia a las precauciones, sino de encontrar un equilibrio. Podríamos, en lugar de cancelar actividades de manera sistemática, adaptar nuestras respuestas a cada situación. Es esencial recordar que no cada episodio de lluvia potencialmente intensa tendrá las consecuencias devastadoras de la DANA; cuántas veces no habremos tenido una alerta meteorológica sin que ello haya supuesto una catástrofe natural. Por eso, podríamos aplicar un enfoque de respuesta progresiva, donde solo se apliquen suspensiones cuando el riesgo sea evidente y real. Asimismo, podríamos trabajar en mejorar las infraestructuras y sistemas de evacuación en espacios públicos, de modo que las personas tengan zonas seguras donde refugiarse en caso de emergencia sin necesidad de paralizar completamente la vida social.
Es natural que, tras un evento trágico como la DANA, la reacción sea la de reforzar todas las medidas de seguridad. Pero también es importante recordar que las actividades cotidianas, el contacto con la naturaleza y la vida en comunidad son factores clave para la recuperación y la resiliencia. Encontrar el equilibrio entre la prudencia y la vida cotidiana es la verdadera meta.
Con esto, tal vez no tengamos que esperar a que llegue el buen tiempo para retomar plenamente nuestra vida al aire libre.








