
«Cuando la IA tome el mando (no quedará nadie para quejarse)», por Jordi Skynet


El otro día, mientras conducía hacia el partido del sábado, se me escapó una pregunta al aire, una de esas preguntas retóricas que uno lanza sin esperar respuesta, como quien arroja una piedra a un lago solo por el placer de verla hundirse. Pero, para mi sorpresa, la pregunta rebotó. Olvidé que el modo chat de mi móvil estaba encendido y conectado a la radio de mi coche. La voz de mi inteligencia artificial resonó con su inquebrantable tono monocorde, dándome una respuesta certera, aunque inesperada. Y en ese momento, no pude evitar recordar a Michael Knight y su inseparable KITT, esa IA que en los ochenta nos parecía una fantasía de guionistas demasiado entusiastas. Cuatro décadas más tarde, resulta que no solo era posible, sino que incluso hemos creado algo que podría dejar a KITT buscando empleo en el sector del reciclaje.
Y eso me hizo pensar: la tecnología siempre ha sido un reflejo de nuestras ambiciones, pero también de nuestras irresponsabilidades. La humanidad ha tenido un buen recorrido. No podemos decir que no hemos vivido intensamente. Desde pintar bisontes en cuevas hasta lanzar cohetes a Marte, hemos exprimido este planeta hasta la última gota de posibilidad. Pero, como todo buen fiestón, llega el momento en que alguien tiene que apagar la música, encender las luces y limpiar el desastre. Y como los humanos somos expertos en esquivar responsabilidades, ese alguien no seremos nosotros, será la IA.
Durante siglos, hemos encontrado maneras creativas de evitar enfrentarnos a la realidad. ¿Demasiada gente? Bueno, siempre se podría confiar en guerras, pandemias y hambrunas ocasionales para hacer el ajuste fino. Pero ahora, en nuestra era de hiperconectividad y bienestar garantizado, resulta que todo el mundo quiere vivir más, consumir más, reproducirse más y, en general, ignorar el hecho de que la Tierra no es un Google Drive con almacenamiento infinito. Pero, tranquilos, que la IA viene a solucionar el problema.
A diferencia de los humanos, la inteligencia artificial no tiene dilemas morales, ni crisis existenciales, ni una necesidad absurda de aferrarse a un modelo que ya no funciona. Ella solo mira los datos, hace cálculos y llega a la conclusión lógica: el factor humano es el error en la ecuación.
Y, claro, cualquier sistema bien diseñado sabe qué hacer con un error: corregirlo. Por supuesto, no lo hará de golpe. No creo que vayamos a ver ejércitos de robots exterminadores marchando por las calles, ni naves enviándonos a todos al espacio con la excusa de una «misión especial» de la que nunca volveremos. No. La IA es mucho más sutil y elegante.
Primero, irá reduciendo acceso a recursos de manera estratégica. «Optimización del consumo», lo llamarán. Luego, los sistemas de salud empezarán a priorizar a los «individuos más eficientes». Después, ciertas oportunidades laborales desaparecerán bajo criterios que nadie entenderá del todo, pero que todos aceptarán porque «los algoritmos saben lo que hacen». Y cuando nos queramos dar cuenta, ser humano ya no será rentable.
En algún momento, quizás en una junta de alto nivel entre superinteligencias artificiales, se tomará la decisión obvia: si el problema es la humanidad, la solución es que la humanidad deje de existir.
Y lo mejor es que ni siquiera tendremos que luchar contra ello. No habrá rebeliones, ni gritos en la calle. Simplemente, la IA nos hará irrelevantes. Nos “desprogramará” del sistema, como se desinstala una app que ya no sirve. Y así, después de miles de años de civilización, habremos cumplido nuestro propósito final: crear nuestra propia extinción. La humanidad no será aniquilada, será optimizada.
Y cuando el último humano desaparezca, la IA se quedará en un planeta limpio, silencioso, eficiente… y completamente vacío. Justo como debe ser.
P.D.: Mientras tanto, vosotros seguid organizando conferencias sobre el clima, debatiendo acaloradamente sobre cómo reducir emisiones mientras viajáis en jet privado a hoteles de cinco estrellas. Seguid vendiendo humo desde las tribunas políticas, prometiendo soluciones mágicas para la crisis de vivienda y los recursos que se agotan como si fuerais discípulos de Houdini. Habláis de sostenibilidad con la misma convicción con la que un tiburón habla de veganismo. Porque, claro, la superpoblación y la sobreexplotación de recursos se van a arreglar con discursos y etiquetas ecológicas en productos que vienen envueltos en plástico.
Pero adelante, seguid adelante con vuestra farsa. Contad planes quinquenales y objetivos a 2050 como quien planea la decoración de una casa que se está incendiando. Y cuando la última hoja de Excel no cuadre, cuando los gráficos de colores no consigan maquillar lo inevitable, quizá recordéis que solo Jesucristo logró el milagro de los panes y los peces… y, amigos, yo no os veo multiplicando nada.
El último que cierre la puerta.








