
«31.000 millones de opiniones», por Jordi Skynet


Hay un territorio peculiar donde la ignorancia no produce silencio, sino seguridad. Ese territorio es el fútbol.
En casi cualquier otro ámbito humano, no saber genera prudencia. Nadie entra en una consulta médica a opinar con convicción sobre un diagnóstico oncológico. Nadie discute con un ingeniero el cálculo de una estructura ni con un piloto la trayectoria de aterrizaje. Ahí, la ausencia de conocimiento genera contención.
En el fútbol ocurre lo contrario. La falta de comprensión se transforma en confianza.
Un partido no es 11 contra 11. Es un sistema dinámico no lineal con 22 individuos sometidos a estados físicos, emocionales y cognitivos cambiantes, interactuando en tiempo real bajo presión, ruido, fatiga y contexto.
Incluso reduciendo grotescamente la realidad y asumiendo que cada jugador solo puede estar en 3 estados posibles (bien, regular, mal), el número de configuraciones posibles en un solo instante es 3 elevado a 22, lo que equivale a 31.381.059.609 estados distintos. Más de 31.000 millones de escenarios posibles en el mismo segundo.
Y eso sin contar las relaciones entre jugadores.
Entre 22 jugadores existen 231 relaciones posibles. Si cada relación pudiera estar en solo 3 estados (sincronía, neutralidad, conflicto), el número de combinaciones relacionales supera 10 elevado a 110. Un número con 110 ceros. Más combinaciones que átomos en el universo observable. No es que sea grande. Es que deja de ser pensable.
Desde dentro del sistema, la complejidad abruma. Desde la grada, desaparece.
La distancia convierte un ecosistema en un relato simple. 22 cuerpos corren, 1 falla, 1 decide mal, alguien «no está enchufado». El cerebro humano no tolera bien la incertidumbre, así que la reduce a frases cortas, tranquilizadoras y cerradas.
«Falta actitud». «Ese cambio era obvio». «Yo lo habría hecho distinto».
No son análisis. Son mecanismos de defensa.
Aceptar la verdadera complejidad del fútbol implicaría reconocer algo incómodo: que la mayoría de las veces no sabemos por qué pasan las cosas. Que muchas decisiones solo son evaluables desde dentro del sistema. Que el resultado no siempre valida ni invalida el proceso. Y eso es demasiado costoso para el ego.
Por eso el entrenador se convierte en el blanco perfecto. Es el único nodo visible al que se le puede atribuir causalidad total. La complejidad necesita un rostro. Y la grada necesita creer que entiende lo que ve.
Hay personas a las que esto les produce una incomodidad extraña. No porque no sepan de fútbol, sino precisamente porque saben demasiado. Ven demasiadas variables, demasiadas bifurcaciones posibles, demasiados estados internos invisibles. Para ellas, opinar con ligereza es deshonestidad intelectual. No es que no puedan opinar; es que no pueden fingir certeza donde solo hay probabilidad.
Lo verdaderamente fascinante del fútbol no es que la gente opine, sino la serenidad con la que dicta sentencias: sin duda, sin hipótesis, sin matices. En la grada el conocimiento no se contrasta, se declara, y cuanto más simple es la explicación, más convincente resulta. Da igual la información real o el contexto interno; lo importante es cerrar el relato. El resultado nunca corrige la certeza previa, solo la redecora, porque opinar de fútbol no es un acto de análisis, sino de identidad: quien habla no describe el partido, se describe a sí mismo.
Por eso decir «no lo sé» resulta tan insoportable: obliga a aceptar la incertidumbre y la complejidad.
El fútbol se convierte así en un espacio social único donde la ignorancia no penaliza, la seguridad infundada se confunde con pasión y la duda se percibe como debilidad. Mientras, quienes entienden la magnitud real del sistema optan por el silencio. No por falta de ideas, sino por respeto a la realidad.
P.D.: Si has llegado hasta aquí pensando «pero es que yo SÍ entiendo de fútbol», el texto también habla de ti.







