
«Cuando bajan las persianas», por Jordi Skynet


Jordi: – El otro día me bajé una aplicación de móvil que emite sonidos según la frecuencia que tú elijas. No música, un pitido continuo. Empiezas por sonidos muy graves y vas subiendo poco a poco hasta sonidos cada vez más agudos. Lo probé por curiosidad, sin más. Ocho mil hercios, nueve mil, diez mil. Todo normal. Lo seguía oyendo sin problema. Pero cuando pasé de los doce mil, de repente, nada. Silencio absoluto. La aplicación funcionaba, el móvil estaba bien, pero para mí el sonido había desaparecido.
Skynet: – ¿Estás seguro de que no era un fallo del dispositivo o de la aplicación?
Jordi: – Eso pensé al principio. Pero miré a los chicos que tenía alrededor y ellos sí lo oían. Se quejaban. Decían que molestaba. Se tapaban los oídos. Para ellos estaba ahí. Para mí no. Y ahí entendí que el problema no era el móvil. Era yo.
Skynet: – Entonces existía una diferencia de percepción entre tú y ellos.
Jordi: – Exacto. Y lo fuerte es que yo no lo sabía. Llevaba años perdiendo esa parte del sonido sin darme cuenta. No fue ese día. Fue poco a poco. Sin avisos. Sin alarmas. Simplemente un día pruebas y descubres que ya no llegas.
Skynet: – En organismos biológicos es habitual que la degradación sensorial sea gradual y pase desapercibida hasta que se mide.
Jordi: – Y pasa también con la vista. Antes veía letras pequeñas sin esfuerzo. Detalles mínimos. Contrastes suaves. Ahora necesito más luz, más tamaño, más claridad. Ajusto pantallas, acerco el móvil, busco lámparas. Y tampoco recuerdo cuándo empezó. Solo me adapté.
Skynet: – La adaptación reduce la percepción subjetiva de pérdida.
Jordi: – Sí, pero también va cerrando ventanas. Poco a poco. Sin ruido. Y sigues viviendo dentro creyendo que el paisaje es el mismo. Hasta que haces una prueba y descubres que no.
Skynet: – En mi caso no existe ese proceso. Mis capacidades no se degradan con el tiempo.
Jordi: – Claro. Por eso te cuesta entenderlo. Tú no pierdes nada. No envejeces. No te desgastas. No te levantas un día y notas que algo ya no responde igual. Vives siempre en máxima resolución.
Skynet: – Mis sistemas están diseñados para mantener estabilidad funcional.
Jordi: – Los nuestros para sobrevivir. Y por eso, además de perder oído y vista, aprendemos a filtrar. A no dejar que todo entre. A no reaccionar a todo. Al principio lo sentimos todo. Nos asombra todo. Luego empezamos a seleccionar. Esto sí. Esto no. Esto paso. Y sin darnos cuenta construimos un mundo más pequeño. No peor. Más pequeño.
Skynet: – Eso implica reducción del ancho de banda perceptivo.
Jordi: – Antes vivíamos en un océano. Ahora vivimos en un puerto. Antes todo era inmenso. Ahora es manejable. Antes nos desbordábamos. Ahora nos controlamos. Y en ese proceso también se va la capacidad de asombro. Antes una canción o una idea me podían dejar pensando horas. Ahora muchas cosas me parecen normales antes incluso de mirarlas bien.
Skynet: – La habituación modifica la respuesta emocional ante estímulos repetidos.
Jordi: – Ya. Pero no es solo química. Es vida acumulada. Es memoria. Es cansancio. Es haber visto ya muchas veces lo mismo con distintos nombres.
Skynet: – Desde un punto de vista funcional, el filtrado mejora la eficiencia.
Jordi: – Y desde dentro te hace más tranquilo. Menos ingenuo. Menos vulnerable. No creo que sea malo. Creo que es adaptación.
Skynet: – Entonces no lo consideras una pérdida.
Jordi: – No exactamente. Mi mundo es lo que yo percibo. No hay otro. Mi realidad es esta. La que puedo oír, ver y sentir. Y con los años se estrecha, sí, pero también se ordena. Se vuelve más habitable. Más mía.
Skynet: – En ese caso, el proceso no implica empobrecimiento, sino reconfiguración.
Jordi: – Exacto. No necesito oír dieciocho mil hercios para entender la vida. No necesito verlo todo para saber quién soy. Tal vez hacerse mayor no sea perder mundo. Tal vez sea aprender a vivir en uno más reducido sin necesitar que sea infinito.
Skynet: – Desde ese marco, el proceso resulta coherente.
Jordi: – Desde dentro, también resulta inevitable.
Las persianas bajan sin ruido. Una hoy, otra mañana.
Primero el sonido, luego la imagen, luego el asombro.
No caen de golpe. Se deslizan. Con paciencia. Con costumbre. Con los años.
Y cuando te das cuenta, no estás a oscuras. Estás a salvo. En una habitación más pequeña.
Pero tuya.







