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«Un invierno en Finlandia», por Jordi Skynet

Hace años, me aventuré en un viaje que cambiaría mi vida para siempre: un curso en Finlandia. La belleza salvaje y la brutalidad del invierno finlandés me recibieron con los brazos abiertos, ofreciéndome no solo un desafío físico, sino también profundas lecciones sobre la vida, la naturaleza, la resiliencia y la amistad. Nunca olvidaré mi llegada a ese lugar. A medida que el avión se dirigía hacia el norte, la oscuridad se hacía cada vez más intensa. Aterrizamos en lo que apenas parecía un aeropuerto: una simple pista nevada en medio de un bosque. No había fingers, solo una escalera que nos dejaba directamente sobre la nieve. El aeropuerto era poco más que una pequeña nave, y todo esto sucedía en la profunda noche. Aquella fue la primera llamada de atención: nada de lo que había imaginado previamente se comparaba con lo que acababa de vivir. Durante mi estancia, viví experiencias que parecían sacadas de un cuento. Las largas noches invernales bajo las auroras boreales eran mágicas. Colocaba una manta sobre un montículo de nieve y me dejaba hipnotizar por las cortinas verdes que ondulaban en el cielo. Cada rayo de luz verde parecía dilatar el tiempo, ralentizando el mundo y permitiéndome conectar con una parte más introspectiva de mí mismo. Las estaciones en Finlandia eran un estudio en contrastes. En invierno, la luz del día se reducía a un tenue resplandor durante unas pocas horas, afectando profundamente mi metabolismo y mis ritmos circadianos. Todo parecía moverse más lento, y esa quietud me llevó a una introspección más profunda. En contraste, al acercarse el verano, el sol de medianoche transformaba la tierra, bañándola en una luz dorada que nunca desaparecía por completo. Esta oscilación de luz y oscuridad me enseñó a adaptarme y a apreciar el ritmo natural de la vida. Durante una semana de mi estancia, tuve la visita de un buen amigo de la universidad. Juntos exploramos la vida en el norte, enfrentando desafíos y compartiendo experiencias inolvidables. Un día, decidimos aventurarnos por el entorno, creyendo ilusamente que sabríamos volver. Caminamos durante horas a unos 15-20 grados bajo cero hasta perdernos completamente. En medio del círculo polar ártico, sin montañas ni puntos de referencia y sin sol para guiarnos, nos sentíamos deslocalizados, como si flotáramos en la vastedad blanca del planeta. La soledad era absoluta y cada encuentro con una persona se convertía en una oportunidad de escapar de esa soledad abrumadora. Finalmente, encontramos un lugar familiar después de dar vueltas en círculo. Al llegar a mi casa, mis brazos estaban tan entumecidos que no podía girar la llave, y tuve que sentarme y reír mientras recuperaba la sensibilidad. Otra tarde helada, decidimos explorar un lago congelado cuya superficie parecía segura, pero un hombre en la distancia nos advirtió frenéticamente del peligro. Recordé un cartel cercano: «Heikko jää! Älä mene jäälle«. Esa noche, al calor de la chimenea, busqué la traducción: «Advertencia: ¡Hielo débil! No camine sobre el hielo«. Así comprendí el peligro que habíamos corrido y la valiosa lección de estar siempre atentos y conscientes de nuestro entorno. Atravesar bosques en noches de luna llena era otra experiencia memorable. La blanca nieve reflejaba tanto la luz que se podía caminar sin problemas, iluminando nuestro camino y creando una atmósfera mágica. Parecía casi irreal, como si estuviéramos caminando en un paisaje de ensueño donde la oscuridad no tenía poder. Sin embargo, la experiencia en Finlandia no solo se trataba de desafíos y paisajes impresionantes. Durante el tiempo que pasé allí, forjé una amistad irrompible con un lugareño que al principio era tímido y silencioso. Poco a poco, su calidez y generosidad se revelaron, y nuestra relación se fortaleció con cada conversación y aventura compartida. Al despedirnos, me regaló un gorro que decía «ystävä«, que significa «amigo«. Este gesto simbolizaba no solo nuestra amistad, sino también la conexión profunda que había formado con el lugar y su gente. Es increíble cómo en situaciones extremas, las amistades y los lazos que se crean son mucho más profundas. Esas nunca se olvidan. La resiliencia que desarrollé durante mi tiempo en Finlandia fue una de las mayores lecciones de mi vida. Hoy, al recordar mi tiempo en Oulu, siento una profunda nostalgia. Las experiencias vividas allí, desde las mágicas noches bajo las auroras hasta las numerosas anécdotas, como el peligro en el lago helado o perdernos en el bosque, y la amistad forjada con mi amigo finlandés, me enseñaron a respetar la naturaleza y a comprender mejor mi lugar en el mundo. «Heikko jää! Älä mene jäälle» no es solo una advertencia sobre el hielo débil; es un recordatorio constante de estar alerta, de escuchar las señales de la vida y de encontrar la belleza y la sabiduría en cada experiencia.

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