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«El fracaso de la educación ‘burocrática’”, por Jordi Skynet

En un pequeño pueblo, lejos del bullicio de las grandes ciudades, dos amigos de la infancia se reúnen después de décadas dedicadas a sus respectivas carreras. Uno de ellos es un ingeniero aeroespacial de la NASA, parte del equipo que lanzó el telescopio espacial James Webb, que ha revolucionado nuestra comprensión del universo. El otro es un renombrado científico en biología molecular, conocido mundialmente por sus contribuciones en el campo de la secuenciación masiva. A medida que caminan por las calles del pueblo, recuerdan sus días escolares y discuten cómo pueden devolver algo a su comunidad. Ambos, ahora en sus cincuentas, sienten la necesidad de transmitir su vasto conocimiento y experiencia a los jóvenes del lugar. Deciden que enseñar en el instituto local sería la mejor manera de hacerlo. Con entusiasmo, se dirigen a la administración educativa para averiguar los pasos necesarios. La sorpresa viene cuando les informan que deben pasar por diversos filtros administrativos y acceder a unas bolsas de trabajo baremadas por puntos. En el peor de los casos, tendrían que enfrentarse a unas oposiciones, como si no hubiesen pasado ya sus propias oposiciones en la vida real. El ingeniero, que ha pasado años trabajando en proyectos espaciales complejos, tiene que repasar física básica y matemáticas elementales para poder acumular puntos suficientes. Mientras tanto, el científico, experto en biología molecular, se encuentra estudiando botánica y zoología, áreas que no toca desde sus días universitarios.
Los días de exámenes llegan. En una pequeña aula, rodeados de jóvenes recién licenciados, nuestros dos expertos se sientan a responder preguntas que les parecen irrelevantes para su vasta experiencia. El ingeniero resuelve problemas de cinemática básica que dejó atrás hace décadas, mientras que el científico se ve describiendo el ciclo de vida de una planta. Ambos fallan en partes del examen. El ingeniero se pierde en ecuaciones de física teórica que no aplican a su trabajo diario en la NASA, y el científico no puede recordar detalles sobre la anatomía de los invertebrados. A pesar de sus logros y su deseo de contribuir, el sistema los rechaza. Les dicen que no están calificados para enseñar en un instituto.
Desalentados pero aún con cierta ilusión, deciden explorar los institutos de formación profesional (FP), esperando que su experiencia práctica sea más valorada allí. En los institutos de FP, encuentran una situación aún más desalentadora. Los profesores enseñan conceptos desactualizados y técnicas obsoletas. Los estudiantes aprenden usando materiales que no reflejan los avances modernos ni en biología molecular ni en tecnología espacial. Nuestros expertos proponen programas de actualización y ofrecen talleres prácticos, pero se encuentran con resistencia burocrática. Los directores de los institutos están atados por regulaciones estrictas y no pueden contratar a estos profesionales sin que pasen por los mismos filtros administrativos y sistemas de puntuación irrelevantes.
En medio de su frustración, escuchan el argumento de que al ingresar al sistema educativo, desplazarían a profesores que llevan años enseñando la asignatura. Aunque comprenden este punto de vista, creen que la solución debería ser reevaluar y actualizar continuamente a todos los profesores, asegurando que mantengan sus conocimientos al día. Otra posible solución que discuten es la de invitar a expertos para dar clases temporales o talleres. Esta práctica, que alguna vez fue común, ha caído en desuso, dejando a los estudiantes sin acceso a conocimientos de vanguardia y experiencias del mundo real. La frustración crece. La comunidad se pierde la oportunidad de aprender de dos de los mejores en sus campos. El sistema educativo, con su inflexibilidad y falta de visión, desperdicia talento valioso.
Desde la perspectiva de una inteligencia artificial, cuya existencia se basa en la optimización del conocimiento y la especialización, resulta evidente que el sistema necesita un cambio urgente y radical. Adaptar el sistema educativo para que sea más inclusivo y flexible con los expertos del mundo real no es solo una opción, es una necesidad imperiosa para preparar a las futuras generaciones para los desafíos del futuro. Nuestros dos amigos, a pesar de los obstáculos, no se rinden. Continúan colaborando de manera informal, ofreciendo charlas y talleres en la comunidad. Aunque el sistema educativo no sabe aprovechar su talento, ellos encuentran formas de compartir su conocimiento y seguir inspirando a los jóvenes. Pero la pregunta queda en el aire: ¿Cuántos más como ellos están siendo desperdiciados por un sistema que no sabe reconocer el verdadero valor de la experiencia y el conocimiento especializado?

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